G. Bastas Chipoco

“Moneyball” o la épica postmoderna de David contra Goliat en tiempos en que el dinero nunca duerme

In Cinema Paraíso on 26 diciembre, 2011 at 19:26

Marlon Brando, el eterno inconformista e iconoclasta, remató contra el establishment de Hollywood y desmitificó su figura como el mejor actor vivo con una máxima suya: “Nunca confundas el tamaño de tu cheque con el valor de tu talento”. Semejante reflexión caló hondo o la entendió a la perfección Billy Beane quien harto de ver sus esfuerzos en la cancha diluirse por el sistema de compra/venta extradeportivos. Es por ello que su hartazgo exasperante en no hallar una mente compatible a la suya encuentra una alternativa revolucionaria.

Brad Pitt –en la plenitud de su madurez profesional, con todas las virtudes que eso implica- es un Beane resentido consigo mismo, un perdedor en un juego en donde los resultados cuentan. Una mala decisión de juventud lo impulsa a remar contra la corriente y hacer milagros en donde no hay esperanza. Pitt exhibe su vulnerabilidad y férrea voluntad al encarnar a Beane, cuyo personaje se beneficia a su vez del carisma natural del actor mientras que la historia del manager le permite desplegar dotes adquiridas tras 20 años de carrera.

Cuando Beane se enfrenta a las mismas triquiñuelas y limitaciones al inicio de otra temporada, finalmente haya a Peter Brand –un amante del béisbol que piensa con el cerebro y no con el estómago, contrario a la vieja guardia de fans y cazatalentos. Jonah Hill en el rol que lo redefine como profesional- para proveerle de la teoría y los lineamientos para el cambio que él anhela lograr en el deporte por el que se sacrificó.

El éxito del filme recae en dos elementos opuestos que se complementan con fluida y estricta armonía: Aaron Sorkin, el oscarizado guionista de The Social Network, firma un guión trepidante y ágil lleno de elementos aglomerados y sucediendo al mismo tiempo que convierte a la película en una máquina que engulle al espectador a medida que Bennett Miller, director de Capote, saca lo mejor del reparto con un acercamiento intimista, sosegado y distante que ya exhibió en su anterior filme y le valió a Philip Seymour Hoffman, también parte de Moneyball, el reconocimiento esquivo al interpretar al autor de In Cold Blood.

Lo que consigue Moneyball al final es el reconocimiento al valor del esfuerzo y la voluntad frente a la adversidad, la incomprensión y el escarnio; todo ello reacciones propias en contra de los visionarios y pioneros. Lo de Billy Beane es inspiracional y sirve de colofón al Sueño Americano en tiempos de desempleo y resignación.

Lo bueno: Brad Pitt ha alcanzado el pináculo de su carrera al convertirse en un actor sólido, creíble, carismático y empático. Virtudes esenciales para roles trascendentes.

Lo malo: el tono nostálgico y, en ocasiones, apacible puede malinterpretarse como fracaso a la gesta lograda por Beane.

Dinámica de las Relaciones #13: Balance anual de gente que vinieron, se fueron, pasaron y se quedaron

In Dinámica de las Relaciones on 16 diciembre, 2011 at 14:24

No recuerdo a toda la gente que conocí éste año. Todo fue frenético, impromptu, encuentros fortuitos, coordinados sobre la marcha con diferentes objetivos en mente: sexo, citas casuales, rendezvous, etc. Nada que fuese de mucha importancia, lo cual no significa que no hayan importado, sólo que todo fue demasiado informal; lo cual demuestra la mentalidad que manejé a lo largo del año. Quizá no fuese el plan ideal con que empezara el 2011 -no lo recuerdo, de todos modos-, pero así es como se han desarrollaron las cosas.

De lo que puedo recordar del verano que pasó es que todo fue caluroso y, por lo consiguiente, sudoroso y resbaladizo. Nunca atravesé mayor racha de one night stands que los primeros cuatro meses de éste año. Es posible que por ello no recuerde con propiedad a quienes merecería, pero igual tengo un par de personas que permanecen en mi subconsciente como mucho más que un nombre en una noche. La única persona de aquel periodo, llamémoslo Lost Summer, a quien quisiera volver a ver está en Buenos Aires. Esperaré hasta que regrese.

Para la mitad del año, la temporada otoño-invierno, el ritmo desciende un poco. Me reencuentro y revaloro una amistad que debió crecer muchísimo antes que entonces. Caigo en las redes del encanto oriental selvático hasta que se disipa ese estupor. Para agosto conozco a alguien que me sacudió y pellizcó por varias semanas.

Mi affaire de agosto tuvo sus cuotas de drama -inherente a su ya de por sí muy complicado y abrupto background- por lo que toda esa mini relación puede resumirse en un puñado de buenos días, algunas cuantas muy buenas noches y otras tantos para olvidar.

Desde entonces hasta el día de hoy todo ha fluido como un aeroplano en piloto automático. Hacia octubre entró alguien nuevo con quien tengo planes a futuro, una figura bastante sólida que merece un espacio y completa atención. Una última sorpresa a fin de año fue el regreso de una grata figura del pasado con quien tengo asuntos pendientes como darle un ¿apropiado final? o, mejor aún, un segundo debut a lo que pudo prometer mucho más.

Pues, en conclusión, el 2011 trajo una serie de rostros nuevos en mi vida los cuales, vergonzosa y lamentablemente, no pude asimilar cada uno por igual y la mayoría se fue al desagüe de mi olvido selectivo o mala memoria incidental. Aguardo con esperanzas que el próximo año sea superior a éste y encuentre a alguien definitivo.

MOMENTO AUDIOVISUAL:

“La Piel Que Habito” y el epítome perturbador de todas las fijaciones perversas de Almodóvar

In Cinema Paraíso on 10 diciembre, 2011 at 13:28

Con la intención de firmar un thriller con tintes de ciencia ficción, el más osado de los experimentos de Almodóvar lo llevó a reclutar de vuelta a Antonio Banderas después de década de asentado en Hollywood y ya diluido en sus capacidades interpretativas.

La premisa de la historia se presenta simple y enigmática en su naturaleza misma: el doctor Robert Legrand es un reputado, amoral y metódico cirujano que decide experimentar en una piel a prueba de quemaduras aunque bajo procedimientos poco éticos. Para su causa tiene bajo cautiverio a una especie de muñeca de ensayo a quien viste, alimenta y amolda bajo su imagen y capricho y que responde al nombre de Vera –frágil y nerviosa Elena Anaya en su madurez como actriz.

El descenso a la psique de las obsesiones de Legrand viene a través de flashbacks, sueños y recuerdos de un accidente, una enferma desfigurada, una niña al borde del colapso, una violación orgiástica y una venganza enfermiza hacia un joven en parte inocente, en parte culpable y en parte desafortunado. En medio de éste collage se esboza el lienzo de todas las fijaciones usuales en el manchego: muerte, traición, aberración sexual, soledad, demencia, identidades torcidas. El melodrama, un género que desarrolla sin ningún esfuerzo y con excelencia, está tamizado bajo el horror de la belleza aséptica de una producción impecable.

Desde los objetos en la sala de operaciones hasta el agreste escenario desértico de la mansión en donde los personajes se encierran a sus demonios todo resalta por su pulcritud, color y lujo; es quizá ello lo que relucen las grietas de sus defectos y los vicios para lo que se prestan. Lo que en la superficie es una loa al progreso científico y la voluntad del hombre sobre las limitaciones de su misma condición humana degenera en un ardid grotesco. A lo que barnizados con un soundtrack inquieto y vibrante, tanto robótico como emotivo, se ajusta cual guante quirúrgico a las necesidades y circunstancias de los personajes perdidos en sus laberintos.

Éste relato de mentiras, supervivencia y secretos tarda en echar vuelo, envolver en su maraña y capturar al espectador (sin volverlo a soltar más hasta su final anticlimático) sino hasta la aparición de Zeca –Roberto Álamo como la culminación de lo más enfermizo en la mente kistch de Almodóvar- que enciende la chispa y el interés en los objetivos de un cuasi Frankenstein moderno como Legrand en su experimento, ajuste de cuentas, redención, etc.

Pedro Almodóvar se anota un filme atípico que resalta en si abultada carrera como el más ecléctico, audaz e insolente. De no ser por sutiles bajones de ritmo y la incompleta performance de Banderas –quien se beneficia más de su mentor que él del actor, quien brinda su mejor interpretación desde que dejó España- La Piel Que Habito es probablemente, su obra quiebre a una nueva era.

Lo bueno: Marisa Paredes absorta en una escena íntima frente al fuego de sus recuerdos y remordimientos demuestra que no es una chica Almodóvar, es la madona.

Lo malo: en su paciencioso afán por tejer su telaraña pierde la dirección y el pulso en ocasiones claves.

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