“The Social Network” o los clics modernos en una década sin personalidad

por G. Bastas Chipoco


Hay un consenso universal que The Social Network es una obra maestra contemporánea y es cierto. En contadas ocasiones un filme se conecta con la mentalidad de la época, ya sea creativa, estética o culturalmente. Lo de Fincher es una polaroid de la primera década del 2000, la que no tiene nombre, la del boom informático a nivel social y los millonarios instantáneos. The Social Network es puro zeitgeist y el ethos de una generación conectada a la tecnología y alienada empáticamente.

Lo que significó Network (1976) para el negocio de la TV –como Tootsie lo hizo en los ochenta- es idéntico a la disección de carácter y modus operandi que fue Wall Street (1987) con Oliver Stone dándole el epitafio a la década: “la codicia es buena, funciona”. En ese sentido David Fincher tuvo su chance de fotografiar a los 90’s en dos filmes en la superficie distintos pero caóticos y asfixiantes en común, Se7en (o la redefinición del género policial) y Fight Club, el existencialismo crudo y a lo bruto a finales de siglo.

En el filme Jesse Eisenberg es un Mark Zuckerberg con las virtudes y defectos de un nerd por antonomasia. Su maniática sagacidad para resolver problemas es equiparable a su resentimiento por los socialmente más dotados por lo que su máximo logro, he ahí la paradoja, es darle pie a una revolución ciberinteractiva, lograr relacionar 500 millones de personas y perder a su mejor amigo en el proceso –Andrew Garfield, en la mejor actuación del reparto.

The Social Network tiene todas las características de un Fincher inspirado; el soundtrack a cargo de Trent Reznor le da pulso a una historia trepidante, en crescendo, siempre inquieta y neurótica por el éxtasis de sus personajes. Su perspectiva es fría y ajena, nunca invasiva; la de un cineasta que demuestra cómo los grandes cambios tuvieron orígenes egoístas y que, a la larga, siempre consumen a su instigador.

Lo mejor: la escena de la carrera de remo es un logro técnico y artístico. Es arte, fotografía, montaje, música y músculo.

Lo peor: Justin Timberlake no le da suficiente malicia a su svengali y es un punto flojo.