“Black Swan” o cómo Natalie Portman finalmente dejó de ser una lolita

por G. Bastas Chipoco


Debutar bajo las órdenes del iconoclasta Luc Besson, tan dado al efectismo y el poder de la imagen como carga emocional, fue crucial para marcarle la pauta a Natalie Portman en sus primeros años de carrera. Tener un cuerpo pequeño y dócil que parece atrapado al borde de los diecisiete le ha jugado en contra por un evidente estancamiento: desde Heat -su mejor filme tras Léon hasta My Blueberry Nights–  pasando por la discreta Garden State, y las irregulares V For Vendetta y Closer sus roles han sido muy similares en registro, ejecución y resultados como para ofrecer una diferenciación en lo que ofrecía como profesional, pudiendo considerársele como una actriz sólida y cumplidora, pero poco inspirada y contundente.

Ya en las manos de Darren Aronofsky -más confiado y audaz tras la lograda The Wrestler– la Portman tiene la oportunidad de aprovechar su cuerpo e imagen para confeccionar un thriller psicológico/fantástico en el mejor estilo de Polanski o Cronenberg. Natalie Portman matiza su descenso a una espiral de obsesión como una dedicada ballerina imbuida en su rol de cisne negro en el que compite no sólo con otras rivales hambrientas sino con sus demonios, su madre y las dudas de su instructor quien la manipula, inspira y guía a su antojo, lo que la conducirán a su autodestrucción.

En Black Swan se puede apreciar la técnica y estilo aplicado en The Wrestler con los travelling de tomas largas de espalda a los actores y el enfoque minucioso por los detalles y manías de sus personajes. Mención aparte el mimo por el vestuario y decorado que se deja esperar hasta el clímax del filme.

Han pasado más de quince años para que Natalie Portman consiguiera un papel que le exigiera algo más que ser una lolita víctima de las circunstancias sino la de una mujer que se sobrepone y abraza el terror para encontrar la luz y el aplauso que da el éxito.

Lo mejor: la interacción entre Portman y  Barbara Hershey son un logro. La fijación de una madre que vive a través de su hija.

Lo malo: a Mila Kunis le falta malditismo y su rol antagónico queda a media caña.

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