“True Grit” o porqué la de vaqueros todavía es una digna historia para ser contada

por G. Bastas Chipoco


Un western fue la primera historia contada a través del proyector. Es la matriz de la cinematografía hollywoodense, es su placenta en donde se encubó durante su edad dorada. Bien puede ser un género moribundo en este siglo, pero la tradición, como lo son todas, tiene el rictus del de la sapiencia y solemnidad que le otorga su clasicismo.

Los Coen, tan dados a la experimentación de géneros, lo sabían bien y con True Grit abrazaron sus raíces, a la madre de todos los realizadores norteamericanos. Su producto final fue fiel al producto del autor Charles Portis: personajes excéntricos y arquetípicos, un lenguaje enrarecido y diálogo idiosincrático afín al brío de los Coen por el cómic negro.

Cuando el padre de Mattie Ross (máxima revelación Hailee Steinfeld) es asesinado por un auténtico perdedor (Josh Brolin en una racha insuperable como actor, quizá el más sólido en el último lustro) la niña decide alquilar los servicios del curtido y alcohólico marshal Rooster Cogburn (Jeff Bridges un tanto autoindulgente, pero siempre por encima del estándar y expectativas). Luego se les une Matt Damon como el Texas Ranger LaBoeuf (cumplidor, así no más)

Tanto en la narración inicial como en la elegía final la ominosa ética bíblico-cristiana de retribución y castigo conjuga una atmósfera áspera y sensible a la perspectiva de la niña. La cinematografía y aspecto técnico del filme nos recuerda lo glorioso que fue y es el western.

Lo bueno: durante el clímax el duelo final entre Rooster Cogburn y la banda de forajidos es digna de antología en este siglo.

Lo malo: Matt Damon sigue siendo una apuesta que no rinde. Es el punto flojo en un reparto compacto.