“Solitary Man” o el ocaso de Michael Douglas como el animal sexual que alguna vez fue

por G. Bastas Chipoco


Michael Douglas se llevó a la cama a Sharon Stone, Kathleen Turner y Demi Moore en sendas escenas eróticas. Sólo ese hecho anecdótico en su carrera lo vuelve una auténtica fuerza natural. Quince años después de su último rol de sexual y con un cáncer casi mortal a cuestas protagoniza un filme crepuscular que salda las cuentas con su pasado y fama, su futuro como actor y su legado como artista.

En Solitary Man, Douglas -en la superficie frágil, pero todavía dueño de la pantalla- es un playboy otoñal que vive su descenso profesional con la intensidad y despreocupación de quien no le queda mucho tiempo. Y así es. En la secuencia inicial se sienta la base del porqué de su comportamiento y es lo que marca la pauta.

La historia de Ben Kalmen fluye como si fuera el agua bajo el puente de la vida de Michael Douglas, como si él mismo se personificara. Al recitar sus líneas se percibe la experiencia de un hombre que ya estuvo allí, habla con el aplomo de quien superó los embates y traspiés de sus errores y logros.

Solitary Man cierra un ciclo en Michael Douglas casi como ningún otro filme lo ha hecho para otro actor –desde una víctima de sus debilidades frente a fuerzas superiores a él (léase, las mujeres) en Fatal Attraction, Basic Instict, Disclosure; un bribón antítesis a Indiana Jones en Romancing The Stone y Jewel Of The Nile; el epítome de la codicia como Gordon Gekko; la pesadilla del hombre promedio al borde del colapso en Falling Down y The Game; o la de un intelectual maduro cuya crisis existencial lo lleva a redescubrirse en Wonder Boys.

Las virtudes de la película en sí son la de una historia tan plausible e inteligentemente planteada como la de un reparto a la medida del último depredador sexual de la jungla hollywoodense dispuesto, quizás, a retirarse de su reinado.

Lo bueno: Michael Douglas aleccionándole a una chibola agrandada sobre cómo tener un buen polvo tiene una sabiduría mundana útil para cualquier hombre o mujer.

Lo malo: la historia nunca cruza la línea entre la comedia y el drama. Planteándose en ese limbo no se sabe si la caída de Ben Kalmen es objeto de risa o consternación.