Ollanta Humala versión 2011: Esta vez tienen que hacerle lucir bien… Mientras tanto, Keiko se asoma

por G. Bastas Chipoco


La percepción del electororado a un candidato lo es todo, es fundamental para generar vínculos de simpatía o, en el mejor de los casos, empáticos. Ollanta Humala hizo bien este año al pulir su beligerante y autoritaria imagen por la de un demócrata conciliador.

Sin embargo, la duda persiste tenue y omnipresente como un velo sobre su rostro ¿Cuán sincero es ese cambio? ¿Corresponde a una sincera madurez o a un estricto plan enarbolado por intereses superiores a él?

Después de su desafortunada performance en el último debate, Humala se redujo a ser poco menos que una marioneta de un staff de asesores cuyo trabajo ha desvirtuado la mismísima personalidad de su candidato.

Poco del Ollanta del 2006 se puede apreciar en su versión 2011; ese cambio radical no puede ser natural y obedece a los fehacientes nexos con Venezuela y su nociva conexión brasilera; refrendada tanto por la prensa internacional como por los nacionalistas. Con tantas voces susurrándole a los oídos de Humala ¿El candidato habrá escuchado a la suya propia? Su formación militar le inhibe cuestionar órdenes sino obedecerlas con rigor.

Esta clase de extreme make-over en Humala me recuerda a los sucedido en las elecciones de 1960 en EE.UU. Cuenta la leyenda que quienes vieron el primer debate presidencial Kennedy/Nixon afirmaron unánimemente que el telegénico y jovial JFK lo ganó, pero los que lo oyeron -la radio todavía era un medio masivo entonces- dijeron lo contrario, que el experimentado y curtido Nixon fue más conciso y seguro de sí. La imagen se impuso y ganó JFK.

Es por ello que en el rally de 1968 Nixon se la jugó del todo por alcanzar la Casa Blanca, pero sin comprometer sus características innatas: experiencia, implacabilidad, una voluntad inquebrantable por consolidar el poder americano. Pese a todo el make-up que su equipo usó por hacerlo lucir amigable y menos macartista (su anticomunismo era indeleble) los estadounidense votaron por él porque lo conocían, porque sus defectos, virtudes y excesos les eran familiares, no fueron diluídos.

Humala evidentemente no es Nixon, ni posee el temple suficiente para sobreponerse a la incertidumbre que se genera a su alrededor y ofrecer la seguridad que la población demanda de él. Es un militar sin poder ni autoridad. Es por ello que su falaz fachada no deja de ser un cascarón a punto de quebrarse frente a esta adversa tendencia y todo su terreno ganado sea producto de un candidato hipócrita y manipulable.

Keiko y su camino cuesta arriba

Por otro lado, Keiko Fujimori ha labrado bien la base de su electorado y nunca ha perdido esa sensación de seguridad y aplomo frente a los embates coyunturales de la campaña. Tal como precisé de antemano, su pase a segunda vuelta era cosa fija más por los malos cálculos ajenos y los jaleos e intrigas partidarias de sus rivales.

No es que la haya tenido tan fácil considerando los altísimos niveles de anticuerpos que su apellido genera, pero los errores de Toledo, la egoísta terquedad de Castañeda y las pujas interinas del PPC permitieron a que ninguno de sus candidatos despegara y/o repuntara con rapidez o firmeza suficiente para sostener su pase al ballottage.

Lo que le queda a Keiko Sofía es ganarse la credibilidad de los escépticos y brindarle seguridad a sus votantes que ella es un capítulo nuevo en las páginas del Fujimorismo con respecto a los vicios del régimen pasado. Cosa nada fácil, cada día será una lucha por lograrlo y tiene cinco largos años para limpiar su nombre y honrar sus promesas.

MOMENTO AUDIOVISUAL:

Ollanta Humala justifica su pobrísima y lamentable actitud durante el debate con intransigencia y poca capacidad argumentativa. El candidato demuestra que sin un guión preparado sus respuestas pecan de contradictorias y de frágil consistencia y viabilidad.

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