“X-Men: First Class” o el pasado y futuro de la humanidad reescrito por mutantes

por G. Bastas Chipoco


El génesis de éstos X-Men es incluso hasta más dinámico y atractivo que la historia escrita por Stan Lee en 1963. Con un grupo racialmente más variado que el WASP primigenio de los cinco originales del cómic (Cyclops, Beast, Jean Grey, Angel y Iceman). El contexto del filme ayuda a plantear una situación en la medida razonable para acceder al primer vistazo de lo que se supone una nueva saga.

Con un reparto muy homogéneo y James McAvoy -correcto, pero sin sustancia- personificando a un Charles Xavier todavía en sus veinte, banal e insípido, la carga dramática recae en el Magneto de Michael Fassbender, quien da vida a un dolido sobreviviente del Holocausto como para generar simpatía, pero tan vengativo que sirve de preludio para su futuro de antihéroe y, en ocasiones, monstruosa imagen resultante de la opresión a los mutantes, judíos o cualquier otra minoría.

La historia se plantea en medio de la Crisis de los Misiles en Cuba que enfrascó a los EE.UU. con la Unión Soviética al borde de un cataclismo nuclear y a un juego de intrigas, espionaje y armamentismo que ha inspirado a Uris, le Carré o Fleming idear carismáticos villanos de inequívoca moralidad y oportunismo. Es en ese contexto que Sebastian Shaw -en la piel de Kevin Bacon, tan disforzado como se lo permite el rol antagonista- y su Hellfire Club entran en escena como un Bilderberg Group solo que más sórdido.

Es una de las historias más ágiles y eficientes en los últimas adaptaciones de cómics con un grupo de personajes que, de ser apropiadamente bien escritos y diseñados en la secuela de rigor, podrán pasar a la historia pop como los desadaptados fenómenos adolescentes cool que casi cualquier ser humano quisiera ser.

Lo bueno: la secuencia inicial en el campo de concentración y el subsecuente duelo entre Magneto y el villano son la base del mito a un personaje trágico y muy atractivo.

Lo malo: cuando el filme alza vuelo, en ocasiones, se compromete su calidad por exceso de efectos especiales y una falsa tensión.