“Rabbit Hole”, las cinco fases del dolor y las lágrimas contenidas de una madre en duelo

por G. Bastas Chipoco


La pérdida de un hijo es, casi con certeza, el mayor dolor infligido a un ser humano. En la piel de Nicole Kidman el luto con que viste es la de un velo que cubre el llanto desgarrado y la rabia, en cambio le permite lucir una apariencia en ocasiones adusta, siempre serena e impávida como para percibir el sufrimiento ajeno a su alrededor.

En Rabbit Hole la pareja de esposos, Nicole Kidman –en una interpretación sensible y empática- y Aaron Eckhart –a la par de Kidman, estupendo recipiente de emociones y registros-, viven su rutina a la sombra de la muerte de su hijo infante entre terapias de grupo, vecinos fisgones y familiares demasiado preocupados. En medio de todo ese escenario estos esposos tratan de resistir el colapso para evitarle mayor aflicción el uno al otro.

La mayor carga dramática recae en los hombros de Kidman la cual se moviliza con maniática exactitud y temple y aguarda por encontrarle sentido a sus días mientras busca un pretexto, viejos amigos o un empleo para reiniciar su vida.

Con sus característicos tics, devaneos y nerviosismo la actriz atraviesa las fases del dolor y empieza el filme con en una negación y luego se enfunda en una especie de falaz aceptación. Mientras tanto Eckhart conserva su fe en la terapia, trata de hallar consuelo y empatía en una compañera y se resiste a enterrar sus recuerdos.

La historia de Rabbit Hole es sencilla y delicada, un drama fuerte tratado con elegancia, tacto y distancia. Es un filme breve cuya dosis emocional es suficiente para calar y conseguir un impacto imprevisto, como un golpe seco.

Lo bueno: la maniática y callada perfección con que Nicole Kidman arregla su jardín es una síntesis de las emociones que contiene a lo largo de la película.

Lo malo: el guión no le permite a Eckhart alzar vuelo en una historia enfocada directamente en Kidman, pero en sus limitaciones da una interpretación muy correcta.

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