“Midnight In Paris” o la insatisfacción de un comediante demasiado hastiado e inteligente para nuestros días

por G. Bastas Chipoco


No es ningún secreto que las obras de Woody Allen son extensiones de su propia personalidad. Tampoco que sus filmes sirven, en ocasiones, de vehículos de observación de su entorno por lo que su juicio moral se filtra sutilmente en las consecuencias y razonamientos de sus personajes, tal es el caso en Crimes And Misdemeanors, Match Point o Cassandra’s Dream.

Gil Pender –Owen Wilson que tartamudea y divaga como Allen lo haría: con convicción y aplomo- es un guionista de Hollywood que se embarca en su primera novela, la cual pule y reescribe maniáticamente. Tanto él como el personaje de su novela son hombres insatisfechos con el tiempo que les tocó vivir, ambos románticos, nostálgicos de un pasado acorde a sus aspiraciones e ideales.

Mientras Pender recorre Paris con la familia y amigos de su prometida –Rachel McAdams reducida a objeto decorativo- se va alienando de esa actitud pretenciosa, neoconservadora y vacua que resiente de ellos. Es en una de esas noches que aborda una limosina junto a F. Scott Fitzgerald y su mercurial compañera, Zelda, que le introducen a diversiones con sus ídolos formativos como cantar Let’s Do It con Cole Porter, bailar charleston con Josephine Baker, o conocer a T.S. Elliot. Es de la mano de Picasso quien conoce a Adriana –Marion Cotillard, en un papel para su lucimiento-, otra alma inadaptada que añora la Belle Époque y encuentra en Gil un espíritu afín.

El tour que Allen realiza sobre París es distante y desapasionado, con respeto a su belleza inherente, pero sin caer en la autocomplacencia o el embelesamiento del turista ocasional. Quizás Midnight In Paris signifique para Woody Allen su desencanto como artista en una sociedad americana cada vez más ajena a él, en donde se perdieron los valores individuales y la de su intelectualidad como la arcilla con la que se forja una era.

En un momento Gertrude Stein le señala a Pender: “La tarea del artista es no sucumbir al desespero sino buscar un antídoto para el vacío de la existencia”, éste debe de ser el corolario de un Woody Allen recluido en Europa, haciendo películas todos los años como si fuera la última, cual director itinerante hasta que la muerte lo halle.

Lo bueno: la escena de café entre Gil Pender y Salvador Dalí junto con Man Ray y Luis Buñuel tiene un encanto casi antológico.

Lo malo: ningún otro personaje histórico excepto Hemingway está tan bien diseñado, lo cual es un desperdicio de posibilidades.

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