“Der Baader Meinhof Komplex” o cómo una banda de incomprendidos puede convertirse en terroristas

por G. Bastas Chipoco


La generación nacida en la sombra del nazismo y que reclamó la herencia de Alemania en forma de una nación dividida en cada aspecto posible en la vida moderna: cultural, política, ideológica, económica, geográficamente. Éstos babybooomers visten chaquetas de cuero, llevan lentes de sol, conducen Citröens a más de 100km/h, leen a Sartre y siguen las gestas del Ché en los Andes desde sus campus, fiestas universitarias o la clandestinidad forzosa.

El filme empieza con una visión de la burguesía europea, lúdica e intelectual de post-guerra; en una playa nudista Ulrike Meinhof esboza su panfleto de protesta al despotismo del último autócrata, el Sah de Irán. Las protestas que subsiguen dan forma al ambiente crispado de un país envuelto en la obnubilación del progreso y el descontento por la dirección del mundo –Vietnam, Mayo del 68, la Primavera de Praga, etc.-. En medio de ello está Andreas Baader y Gudrun Ensslin, una pareja a la Bonnie & Clyde de Arthur Penn, quienes lideran un grupo de jóvenes alienados hacia pequeños delitos y manifestaciones en pos de una sociedad justa, más humana y orientada al individuo.

La artesanía del irregular Uli Edel –director de Last Exit To Brooklyn y Body Of Evidence– se evidencia en escenas trepidantes entre el dogma revolucionario de unos rebeldes con causa -que empiezan siendo casi rock stars a víctimas o mártires de su propia retórica, odio militante, y de la espiral de violencia que ellos mismo desencadenaron- y las yuxtaposiciones de sus atentados sistemáticos que, a la larga, le costó a la Facción del Ejército Rojo su apoyo popular inicial a la condena unánime como terroristas que llegaron a convertirse.

Con un reparto discreto, Der Baader Meinhof Komplex destaca por su tratamiento ligero a un problema medular en toda sociedad (el desencanto de la juventud y los valores caducos en cada recambio generacional) ubicado en un tiempo/espacio específico y en la piel de unos radicales casi icónicos, trágicos y mitificados. Es  Bruno Ganz quien da una breve y contundente conclusión a la mentalidad ésta situación: “Los grupos que se sienten existencialmente oprimidos no dudarán en bombardear cualquier parte de la sociedad que vean opresivas”.

Lo bueno: la escena de autopista, tipo road movie, de Andreas Baader disparando a alta velocidad sonando My Generation en la radio muestra el lado romántico, iconoclasta e idealista del revolucionario promedio de los 70’s.

Lo malo: la segunda mitad de la película pierde pulso y pese a sus picos, éstos se tornan irregulares y espaciados. El final anticlimático puede resultar decepcionante para el cinéfilo casual.

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