“Cassandra’s Dream” y los valores familiares en la sociedad moderna, ambiciosa y amoral

por G. Bastas Chipoco


Woody Allen es un artista prolífico e inagotable cuyo registro es impresionante hoy más que nunca: un filme cada año, turnándose entre la comedia frecuente y el drama ocasional. Pero cantidad no es calidad y en la década que pasó hay más decepciones y bodrios que obras maestras producidas.

El filme es el relato de ambición, arribismo y hambre de realización de dos hermanos consumidos por su mediocridad, vicios, limitaciones y sueños imposibles. Colin Farrell –superior y, de lejos, el más completo del reparto- y Ewan McGregor –cumplidor, pero corto de recursos- compran un bote como piedra angular de su escalera hacia el éxito esquivo. Lo llaman ‘el Sueño de Casandra’ y sellan su destino.

Pero ellos no pueden salir a flote por sí solos, sus debilidades les juegan en contra, por lo que recurren a su tío Howard como guía y financista de sus sueños –Tom Wilkinson en su rol de svengali y cúmulo amoral- quien les ofrecerá un pacto de sangre. Y es que la historia es sobre precisamente eso, el lazo familiar en una situación límite.

El único personaje no atormentado es el padre de los hermanos quien vive cómodo con su lucha diaria por proveer a su familia bajo sus modestas aspiraciones. Y es él quien recita con ominosa sabiduría “la única nave con certeza de venir tiene velas negras” cuando sus hijos deciden comprar su bote o ticket hacia el éxito. Por el contrario, Howard representa el lado opuesto e increpa a sus sobrinos sus valores: “¡Familia es familia! ¡Sangre es sangre! No haces preguntas. Proteges a los tuyos” sin medir las consecuencias o las decisiones irreversibles que acarrea ésta clase de amor.

El resultado final de la película es sobrio y anticlimático, propio de un artista señero y crepuscular. Gracias a un guión filoso, unos actores inspirados y una banda sonora apropiada por el atmosférico Philip Glass, Cassandra’s Dream enmarca la visión de un Woody Allen ya no tan comediante sino amargo e implacable en su reflexión acerca de la condición humana en su más esencial nivel.

Lo bueno: la escena entre Farrell y McGregor discutiendo la mejor manera de asesinar a alguien tiene la delicia del noir y la comedia negra.

Lo malo: la falta de resolución en los personajes le resta tremendismo a sus historias.

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