“The Beaver” o el lado brillante y feliz de la depresión e insatisfacción en la vida

por G. Bastas Chipoco


Pese a los escándalos a su alrededor, Mel Gibson sigue siendo un actor enorme y de grandes recursos. Quizá ahora más que nunca su rol en The Beaver resulta creíble y vívido; su paso por estos miserables años en el ojo de la tormenta le da un insight que ningún otro profesional, que recuerde ahora mismo, sea capaz de brindar en la pantalla.

El filme es la historia de Walter Black quien presencia, en silencio, catatónico y sin poder remediarlo, la disolución de todo lo que lo rodea: su familia, su trabajo, su propia existencia. El peso de la depresión arrecia y se deja arrastrar como un muñeco de trapo, sin voluntad ni voz propia.

Cuando todo parece irse por el desagüe, la esposa de Walter, interpretada por Jodi Foster –modesta y discreta, más preocupada en darle mayor luz a Gibson y dedicarse a su labor de directora-, lo echa de la casa, situación que lo lleva a un motel y al intento de suicidio. Es entonces que aparece un roído castor de ventrílocuo que se hace cargo de Walter y se vuelve su nueva voz. Una con acento cockney sin reparos en decir lo que antes se callaba.

De ahí en adelante el castor toma decisiones y enrumba al protagonista en una senda que parece recuperar el tiempo perdido y las relaciones fracturadas, pero no todo es como parece. Walter Black sigue sufriendo de depresión y ésta nunca lo abandona. Una insatisfacción y vacío lo consume a la vez que se invierten los papeles volviendo a Walter el muñeco del castor.

La obra de Jodi Foster se mueve en vaivenes entre la comedia y el drama, aunque The Beaver nunca deja de lado su factura melancólica y apesumbrada. Los lánguidos manierismos de Gibson y la oscuridad de su personaje impide bajar la guardia y relajarse. Aún en los momentos más ligeros del filme es imposible no notar cuán gris es la vida y que todo es una fase, una fotografía del momento.

Lo bueno: el primer segmento de la película, el intento de suicidio de Walter. Y cierto trío entre Gibson, Foster y el castor.

Lo malo: la historia paralela de Porter Black –Anton Yelchin, cumplidor- estorba y nunca echa vuelo.

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