El agosto de Ollanta Humala y el silencio cómplice de los supuestos “Vigilantes de la Democracia”

por G. Bastas Chipoco


El silencio que rodeó a la administración Humala en sus primeros quince días evidencia el problema más recurrente que tendrá su paso por el poder: el divorcio con los medios y la consecuente especulación. Después de presidentes carismáticos y locuaces como Fujimori, Toledo y García, el mutismo de Humala va a resentir su contacto con el pueblo. Pareciese que sin un discurso hecho en Brasil es incapaz de declarar algo coherente y atractivo. Por el otro lado Daniel Abugattás ya de plano extendió el velo entre prensa/Congreso, no es censura, pero se le siente así. A veces mentir es simplemente no decir nada.

En los quince días de silencio y días subsiguientes las piezas, cual fichas de ajedrez, se movieron con ciencia y precisión, ubicando a un personal leal y agradecido a la familia presidencial en puestos claves. Tal es es el caso de la dirección del Indeci, las jefaturas del EP y FAP, Sunat, Devida y algunos cargos diplomáticos importantes.

En los casos de la designación de allegados en la cúpula de las FF.AA. -sin seguir con rigurosidad el escalafón de ascensos- no es mejor que la firma de sumisión que hubo en los noventa. Lo contrario, pareciese que está instalando a una base de apoyo castrense para cualquier iniciativa que perjudique la estabilidad democrática. Tal como hizo el tan criticado Fujimori; otro personaje, mismo modus operandi.

Sin embargo, son los casos de las designaciones diplomáticas y de la Sunat las que echan por tierra la supuesta promesa de rectitud y cambio de rumbo en el manejo de gobierno. Para la recaudadora eligieron a Tania Quispe, prima de Nadine Hereida, y como embajadora en Francia (una cargo de crucial importancia económica y geopolíticamente) a la ginecóloga Cristina Velita, doctora de cabecera de la Primera Dama. Quienes cuestionaron al congresista Aguinaga, mejor es callarse ahora o criticar de igual modo. Sólo estos dos casos –junto con el de Ricardo Soberón en Devida, un funcionario genuflexo en la lucha antidrogas, quien junto con la otrora congresista Nancy Obregón le hacen flaco favor a Humala en éste tema sensible- prueban que la promesa de Humala en hacer una política distinta cae en falacia desde el arranque. Sus designaciones son iguales de truchas como los compadrazgos del aprismo que se prestan a corruptelas y redes de favores.

En el nivel ministerial, sólo de soslayo, el nombramiento de Siomi Lerner (el operador político de la campaña de Gana Perú) no es discutible sino comprensible en el punto que era lo natural que se le retribuyese el esfuerzo, pero considerando todo su bagaje previo no me hace sino pensar en cómo reaccionarían los medios de ser haber sido nombrado el infame Carlos Raffo de ganado Keiko Fujimori. Por otro lado, la ministra Baca está empezando mal su gestión dribléandola a la par con su actividad artística. Por ley está obligada a dedicarse por entero a su cartera así haya negociado sus condiciones previo a su juramentación. Teniendo en cuenta lo novel del Ministerio de Cultura, sus urgencias y su eficacia por probar en el manejo de sus responsabilidades (sin incluir la burocracia adicional que éste implica habiendo tenido ya el INC) le resta brillo al hecho de ser la primera persona negra en un cargo público relevante.

A todos estos bemoles grisáceo panorama de cómo se perfila el gobierno, los garantes de Humala, aquellos que se autodenominaron “Vigilantes de la Democracia” no se pronuncian en lo absoluto. Tanto Álvaro como Mario Vargas Llosa siguen con sus vidas lejos del país (Washington y Londres) y Alejandro Toledo sigue errático en su búsqueda de alguna razón para existir sin poder y no hundirse en el olvido de la gente. Lo que quizá no han entendido ellos es que al garantizarnos que los indicios de radicalización, comunismo extremo y conexiones chavistas no sólo eran simples especulaciones sino además que Humala era mejor que Keiko Fujimori los convierte en co-responsables en la historia y en la memoria colectiva de la nación tanto de los éxitos como fracasos del régimen.

Cuando el país exige respuestas y el gobierno no se las da y los inversionistas necesitan aún mayores certezas del rumbo a seguir, los vigilantes deben de alzarse y utilizar su influencia con sutileza y seriedad, cual consejeros y/o cabilderos, para orientar a Ollanta Humala en el camino correcto y justo para todos, sin demagogias ni excesos de buena voluntad.

Aunque, siendo realistas, éste endorse de credibilidad en poco o nada salvará los errores del nacionalismo. Es de hombres honrar la palabra de uno y no sumirse en el cómodo oportunismo electoral por ganar agendas propias u ostentar una cuota de poder y exposición. Si han de vigilar la democracia, entonces deben de estar allí en el frente en todo momento, de lo contrario entrarán a la historia nacional de la infamia en donde otro socio, Fernando Olivera, tiene un sitial de honor bien ganado.

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