“Ollanta Humala y los nacionalistas” o los hijos bastardos de Fernando Olivera

por G. Bastas Chipoco


Los años 90’s fueron de Fernando Olivera. Siempre en la primera línea de ataque, impetuoso, presto a denunciar los pecados y subrayar los errores de la administración Fujimori. Como la figura más reconocible de la oposición se volvió el consentido de la prensa y la palestra. Y cuando propaló el primer vladivideo le llegó su hora: fue el hombre que le dio la estocada final al régimen.

Después que las elecciones del 2001 le negaran la presidencia su sociedad con Alejandro Toledo resultó un más que suficiente premio consuelo, se aseguró una cuota de poder. En cualquiera de sus roles Olivera nunca dejó su actitud beligerante, aunque en ésta ocasión con una gran diferencia: antes era simplemente un congresista más en contra de un gobierno ampuloso, pero para entonces ya tenía influencia y decisión; aquello lo cambió o, quizás, le reveló su verdadero rostro, su auténtica naturaleza, lo que a la sazón sepultó su carisma y potencial presidenciable y ocasionó su autoexilio en Europa.

Con Olivera fuera de escena el rol de opositor furibundo debía recaer en Ollanta Humala como depredador en la pirámide alimenticia de la política peruana para roer a corruptos e inmorales y así ganarse relevancia.

¿Quién vigila a los vigilantes?

Han sido largos años para Ollanta Humala como el primer opositor, arrinconado en el espectro político como un ultra a menudo vociferando la voz cantante a la hora de señalar con el dedo acusador, siendo éste el más largo y virulento de todos. Al final, después de un extreme makeover agresivo y gracias a su pose entre puritana y jacobina, con polo blanco o con polo rojo, resultó ganador.

Ayer los nacionalistas gozaban de la exclusividad de ser los antitodistas, pero hoy las cosas han cambiado. Es muy diferente pasar de ser oposición a oficialismo y no sufrir en el proceso un cambio en su esencia, en su ethos. Daniel Abugattás ya parece adolecer de los efectos de su cargo y borracho por el poder arrea e insulta en el Congreso a sus anchas, mientras que Nadine Heredia, el cerebro del nacionalismo, y Siomi Lerner -el Rasputín, la voz en la sombra- reparten a trochemoche puestos dentro del aparato estatal a familiares y  amigos.

Así como a Olivera ahora Ollanta Humala y su hueste de fundamentalistas bien pueden también compartir el mismo infame y triste destino de su simbólico padrastro putativo, uno en el que pasarán a las páginas de la historia reciente del Perú como un pie de página, la fiebre de una sociedad harta de politiquería y ansiosa por un cambio, pero cuyos principios revolucionarios traicionaron las promesas hechas y acabaron por ser peores que sus antecesores, los mismos que una vez denunciaron. La historia es cíclica, bien ha pasado antes –los jacobinos tras el Terror, las purgas de los Soviets, la Revolución Cultural– y el protector Cromwell, el incorruptible Robespierre y, salvando las diferencias, Popy Olivera bien pueden dar fe de ello.

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