“My Son, My Son, What Have Ye Done?” y la reconstrucción de un crimen desde las grietas de una mente conflictuada

por G. Bastas Chipoco


Cuando el detective Havenhurst llega a la escena del crimen se encuentra con un vecino de mirada perturbadora quien lo perfora con los ojos y con su taza en mano (con la inscripción Razzle Dazzle) le dice “Impresiónalos, Deslúmbralos” para retirarse a su casa en frente. Luego de ello le informan a Havenhurst –Willem Dafoe inexpresivo y embargado; tan sólido como siempre- que el principal sospechoso es el mismo hombre con quien se cruzó y ha asesinado a su madre.

A medida que la historia avanza las piezas de la fracturada psique de Brad McCullum tratan de armarse para comprender el porqué del hecho. Los primeros en dar la pista es la vecina negra quien afirma que desde que regresó de un viaje a Perú no volvió a ser el mismo. Cuando Brad viaja al Urubamba –sí, Herzog otra vez en la selva, otra vez en Perú- para hacer raffting con sus amigos una voz de naturaleza cuasi divina le advierte no ir a lo cual él obedece y se salva de acabar ahogado. Aquello lo marca, lo deshace, lo redefine y regresa a casa absorto, conectado a Dios, mitificado.

En su hogar en San Diego le espera su prometida Ingrid –Chloë Sevigny, frágil como una miniatura de cristal- quien le explica a Havenhurst la complicada, por decirlo menos, relación entre Brad y su abnegada y abrumadora madre –Grace Zabriskie en un rol habitual; nerviosa, maniática, sutil. Sin embargo, es en Lee –Udo Kier, enigmático-, el director de teatro de Brad, quien revela la progresiva fijación que tiene McCullum por el rol de Orestes a quien interpreta al lado de Ingrid como Clitemnestra.

Es así que Brad se deja embargar por ésa tragedia griega que pareciese haberle dado un sentido, una dirección en su vida, una razón sólida para existir tras ése punto de quiebre que fue su paso por el Urubamba. Entonces Brad, como Orestes, asesina a su madre quien, en palabras de su vecina y testigo, sólo preguntó con calma “Hijo mío, hijo mío ¿Qué has hecho?” antes de caer muerta atravesada por el mismo sable que usó obsesivamente en los ensayos teatrales.

Herzog, bajo el manto de David Lynch como productor, se inspira en un caso real para re-interpretarlo y utilizar el género policial como una herramienta o extensión al terror inherente en la mente desencajada de un asesino. No se ve el crimen, pero su inminencia, la omnipresente amenaza del destino que acecha es lo sórdido, es lo maligno. El personaje de Brad McCullum es interpretado por un Michael Shannon inspirado, en estado de gracia, que viste la piel de Brad y con sus hiperexpresivos ojos nos clava una estaca en el alma.

Lo bueno: avestruces corriendo, un enano, tres momentos en el que el mundo se detiene; Brad en un mercado en Asia Central, en la cima de Machu Picchu y recostado sobre una roca en el salvaje Urubamba.

Lo malo: la mano de Herzog y Lynch se siente fuerte como un puño alrededor de la historia y no puede resultar atractivo para todo público.

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