“Mein Liebster Feind” o el epílogo de una rivalidad que no lo era y un amor que no lo parecía

por G. Bastas Chipoco


A lo largo de la historia del cine se sucedieron sociedades creativas memorables como el caso de los binomios Leone/Eastwood, Truffaut/Léaud, Allen/Farrow o Hitchcock y sus rubias obsesiones. Una de las relaciones más tirantes, explosivas y paradójicamente fructíferas jamás dadas es la del director alemán Werner Herzog y el inclasificable Klaus Kinski. Entre los dos realizaron gestas de proporciones épicas que pasaron a la posteridad por la complejidad de su logro y la férrea voluntad de ambos en su objetivo al punto de rozar con la megalomanía. La colisión de éstas dos fuerzas resultaron en explosiones tectónicas que son reseñadas por Herzog en un viaje hacia atrás desde su primer encuentro con Kinski y cómo la espiral va descendiendo a medida que sus carreras avanzan gracias al otro.

El recorrido se inicia rememorando fragmentos de la juventud de Werner durante la pujante Alemania de los 50’s con la familia Herzog dándole hospedaje a un pubescente aspirante a actor con personalidad indomable e imposible. A partir de allí el director analiza desde su punto de vista los arrebatos de Kinski así como narra los recovecos de su relación tanto desde la intimidad como la imagen proyectada a la prensa.

Cuando Herzog rememora el primer filme al alimón con Kinski, el épico Aguirre, The Wrath Of God, la forma en la que se dirige a Kinski es con evidente tirria que explica con elocuencia lo azaroso, por decirlo menos, que resultó la filmación en la inclemente selva peruana, un escenario que ejerce fascinación absoluta en Herzog y en donde volvería a reencontrarse con Kinski algunos años después en la igual de apocalíptica producción de Fitzcarraldo.

El perfil del hombre que fue Kinski no sólo es cincelado por Herzog –quien, cual reloj de péndulo, por momentos lo recuerda como un entrañable amigo, camarada, aliado y compinche; hasta calificarlo de maniático ególatra, no sin antes confesar que cada cana nueva el director la bautiza Kinski- sino además por Eva Mattes (co-protagonista en Woyzeck) y Claudia Cardinale (Fitzcarraldo) quienes no se contienen y despliegan elogios a un hombre que consideraban extremadamente detallista, gentil y reservado.

Se entiende desde el principio que abarcar la magnitud de Klaus Kinski es imposible puesto que su naturaleza impetuosa y arrolladora era única. Herzog en una de las escenas más logradas de Cobra Verde, el último filme juntos, describe a su actor como un cometa que se desvanece cuya vida vivió en intensidad y que ahora yace agotado en una playa esperando que las olas se lleven su cuerpo a descansar.

Lo bueno: la escena final con Kinski jugando con una mariposa es una bellísima elegía de indescriptible de amor por su amigo.

Lo malo: en ocasiones los juicios de Herzog se sobre imponen al incluir las rabietas del actor para desdibujarlo.

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