“La Piel Que Habito” y el epítome perturbador de todas las fijaciones perversas de Almodóvar

por G. Bastas Chipoco


Con la intención de firmar un thriller con tintes de ciencia ficción, el más osado de los experimentos de Almodóvar lo llevó a reclutar de vuelta a Antonio Banderas después de década de asentado en Hollywood y ya diluido en sus capacidades interpretativas.

La premisa de la historia se presenta simple y enigmática en su naturaleza misma: el doctor Robert Legrand es un reputado, amoral y metódico cirujano que decide experimentar en una piel a prueba de quemaduras aunque bajo procedimientos poco éticos. Para su causa tiene bajo cautiverio a una especie de muñeca de ensayo a quien viste, alimenta y amolda bajo su imagen y capricho y que responde al nombre de Vera –frágil y nerviosa Elena Anaya en su madurez como actriz.

El descenso a la psique de las obsesiones de Legrand viene a través de flashbacks, sueños y recuerdos de un accidente, una enferma desfigurada, una niña al borde del colapso, una violación orgiástica y una venganza enfermiza hacia un joven en parte inocente, en parte culpable y en parte desafortunado. En medio de éste collage se esboza el lienzo de todas las fijaciones usuales en el manchego: muerte, traición, aberración sexual, soledad, demencia, identidades torcidas. El melodrama, un género que desarrolla sin ningún esfuerzo y con excelencia, está tamizado bajo el horror de la belleza aséptica de una producción impecable.

Desde los objetos en la sala de operaciones hasta el agreste escenario desértico de la mansión en donde los personajes se encierran a sus demonios todo resalta por su pulcritud, color y lujo; es quizá ello lo que relucen las grietas de sus defectos y los vicios para lo que se prestan. Lo que en la superficie es una loa al progreso científico y la voluntad del hombre sobre las limitaciones de su misma condición humana degenera en un ardid grotesco. A lo que barnizados con un soundtrack inquieto y vibrante, tanto robótico como emotivo, se ajusta cual guante quirúrgico a las necesidades y circunstancias de los personajes perdidos en sus laberintos.

Éste relato de mentiras, supervivencia y secretos tarda en echar vuelo, envolver en su maraña y capturar al espectador (sin volverlo a soltar más hasta su final anticlimático) sino hasta la aparición de Zeca –Roberto Álamo como la culminación de lo más enfermizo en la mente kistch de Almodóvar- que enciende la chispa y el interés en los objetivos de un cuasi Frankenstein moderno como Legrand en su experimento, ajuste de cuentas, redención, etc.

Pedro Almodóvar se anota un filme atípico que resalta en si abultada carrera como el más ecléctico, audaz e insolente. De no ser por sutiles bajones de ritmo y la incompleta performance de Banderas –quien se beneficia más de su mentor que él del actor, quien brinda su mejor interpretación desde que dejó España- La Piel Que Habito es probablemente, su obra quiebre a una nueva era.

Lo bueno: Marisa Paredes absorta en una escena íntima frente al fuego de sus recuerdos y remordimientos demuestra que no es una chica Almodóvar, es la madona.

Lo malo: en su paciencioso afán por tejer su telaraña pierde la dirección y el pulso en ocasiones claves.

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