“Moneyball” o la épica postmoderna de David contra Goliat en tiempos en que el dinero nunca duerme

por G. Bastas Chipoco


Marlon Brando, el eterno inconformista e iconoclasta, remató contra el establishment de Hollywood y desmitificó su figura como el mejor actor vivo con una máxima suya: “Nunca confundas el tamaño de tu cheque con el valor de tu talento”. Semejante reflexión caló hondo o la entendió a la perfección Billy Beane quien harto de ver sus esfuerzos en la cancha diluirse por el sistema de compra/venta extradeportivos. Es por ello que su hartazgo exasperante en no hallar una mente compatible a la suya encuentra una alternativa revolucionaria.

Brad Pitt –en la plenitud de su madurez profesional, con todas las virtudes que eso implica- es un Beane resentido consigo mismo, un perdedor en un juego en donde los resultados cuentan. Una mala decisión de juventud lo impulsa a remar contra la corriente y hacer milagros en donde no hay esperanza. Pitt exhibe su vulnerabilidad y férrea voluntad al encarnar a Beane, cuyo personaje se beneficia a su vez del carisma natural del actor mientras que la historia del manager le permite desplegar dotes adquiridas tras 20 años de carrera.

Cuando Beane se enfrenta a las mismas triquiñuelas y limitaciones al inicio de otra temporada, finalmente haya a Peter Brand –un amante del béisbol que piensa con el cerebro y no con el estómago, contrario a la vieja guardia de fans y cazatalentos. Jonah Hill en el rol que lo redefine como profesional- para proveerle de la teoría y los lineamientos para el cambio que él anhela lograr en el deporte por el que se sacrificó.

El éxito del filme recae en dos elementos opuestos que se complementan con fluida y estricta armonía: Aaron Sorkin, el oscarizado guionista de The Social Network, firma un guión trepidante y ágil lleno de elementos aglomerados y sucediendo al mismo tiempo que convierte a la película en una máquina que engulle al espectador a medida que Bennett Miller, director de Capote, saca lo mejor del reparto con un acercamiento intimista, sosegado y distante que ya exhibió en su anterior filme y le valió a Philip Seymour Hoffman, también parte de Moneyball, el reconocimiento esquivo al interpretar al autor de In Cold Blood.

Lo que consigue Moneyball al final es el reconocimiento al valor del esfuerzo y la voluntad frente a la adversidad, la incomprensión y el escarnio; todo ello reacciones propias en contra de los visionarios y pioneros. Lo de Billy Beane es inspiracional y sirve de colofón al Sueño Americano en tiempos de desempleo y resignación.

Lo bueno: Brad Pitt ha alcanzado el pináculo de su carrera al convertirse en un actor sólido, creíble, carismático y empático. Virtudes esenciales para roles trascendentes.

Lo malo: el tono nostálgico y, en ocasiones, apacible puede malinterpretarse como fracaso a la gesta lograda por Beane.

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