“The Iron Lady” o el poder de antagonizar y dividir de Margaret Thatcher; incluso en un filme sobre ella misma

por G. Bastas Chipoco


El biopic sobre la vida de quien fue la mujer más poderosa del hemisferio occidental en la segunda mitad del siglo XX, la Primera Ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, es el ejercicio autoindulgente de una realizadora abrumada por dos mujeres cuyo poder es inmensurable: la actriz Meryl Streep y la misma Thatcher. Ambas figuras devoran el filme dejando sólo huesos y residuos para la decepción y hambre de cinéfilos, historiadores, políticos, rivales, partidarios y opositores. Nadie queda satisfecho después de que el tándem Streep/Thatcher concluyen su aparición en pantalla en lo que pudo ser el filme más controversial del año.

La premier Thatcher es sinónimo de cambio, para bien o mal es todavía debatible, es la figura bisagra y fundamental para entender al Reino Unido postmoderno tal como lo conocemos. Su carrera y, específicamente, su paso por Downing St. está marcado por históricos acontecimientos claves: la huelga de trabajadores; la estrechísima relación angloestadounidense del binomio Reagan/Thatcher –que en el filme es resaltado de modo casi onírico como si se tratase de un delirante affaire geriátrico-; la caída del muro; la privatización de la economía inglesa; el conservadurismo, el thatcherismo, el neoliberalismo; The Troubles en Irlanda del Norte; la guerra de las Malvinas, etc. Nada es abordado con paciencia, detenimiento ni responsabilidad. Cada hecho que cinceló un país a la imagen y semejanza de su lideresa es pasado por alto, subestimado y condicionado al capricho y necesidad argumental de una directora que trata de embutirse un pez gordo y ni siquiera muerde su superficie.

La historia comienza con una adolescente Thatcher embelesada por la figura de su padre en un poco sutil complejo de Electra. Éste hecho en particular define su tenaz determinación de no encasillarse en un rol de mujer convencional, entiéndase ama de casa, sino enarbolar los ideales conservadores de su padre y hacerse escuchar en un sistema político falocentrista en donde ella es vista como si fuese una especie de Carmen Miranda. Su matrimonio con el empresario Denis Thatcher –Jim Broadbent desperdiciado en lo absoluto- es el verdadero eje de la película, es a partir de ésta peculiar relación marital desde la que se trata de diseccionar la psicología de una política en ciernes, ambiciosa, ególatra y egoísta.

De un modo es exasperante cómo una década es encapsulada de un modo en el que lo más esencial es diluido al extremo y sólo resta un zumo insípido equiparable a un filme de modesta producción para la TV, aún cuando HBO, por ejemplo, realiza producciones de altísima factura para éste formato como John Adams. Pero lo de Phyllida Lloyd no es el Nixon de Oliver Stone; mientras que el primero pecaba de excesivo y grandilocuente, lo de Lloyd es mediocre y caricaturesco. Si bien en la carrera de la premier inglesa no existen consensos ni puntos medios, después de The Iron Lady el abucheo, aún desde sus más viciosos críticos, es totalmente unánime.

Lo bueno: una cuasi épica Meryl Streep se mimetiza y vive bajo la piel de Thatcher y toca su esencia de un modo brillante, peligrosamente inspirador.

Lo malo: todo el producto alrededor de Streep es vago, insulso y desechable. Lamentable el retrato senil que se trata de representar, aún para efectos dramáticos.

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