“My Week With Marilyn” y la delicada reconstrucción de una bomba sexy a punto de resquebrajarse

por G. Bastas Chipoco


Todo y a la vez nada está dicho sobre Marilyn Monroe, el máximo símbolo del Hollywood dorado es un absoluto enigma y sólo existen especulaciones que raspan la esencia de la mujer que redefinió el canon en feminidad, cinematografía, arte pop, moda, sensualidad, etc. Hay un antes y después de la bomba rubia y traerla de vuelta a éste siglo es una labor complicadísima y que requiere de harta sensibilidad, respeto, sutileza y empatía. En My Week With Marilyn parece haberse logrado con éxito una actualización para las futuras generaciones de un mito que, a medio siglo de desaparecido, pareciera que jamás se extinguirá.

El filme es visto a través de los ojos de un hombre en sus veinte, quizás la mejor forma de acercarse a Marilyn, que embelesado como todo joven por la femme fatale, idealiza a la diva, perdona sus fallas y presta atención a las fracturas que le dan profundidad a la mujer detrás del cuerpo. Eddie Redmayne –cumplidor, correcto dentro de sus limitaciones que las compensa con entusiasmo y seguridad en sí mismo- es un aspirante a cineasta que tiene el golpe de suerte para trabajar en la productora de Sir Lawrence Olivier justo en el momento histórico en que Marilyn Monroe decide cruzar el Atlántico y alborotar Europa.

Y es precisamente en la colisión entre dos actores tan disímiles entre sí como Monroe y Olivier –estupendo Kenneth Branagh interpretando al artista que, con el paso de los años, va asemejándose más y más- que la tensión, el drama y las acción entre todos los personajes alrededor de estos dos empiezan a revolotear como pulgas saltando al paso de dos gigantes en plena estampida. Quizás sólo Judi Dench –como es usual siempre por encima de las expectativas y nunca defraudando los estándares- no resulta opacada en su brevísimo aunque sustancial rol en el que ofrece un par de observaciones que ayudan a presentarnos a una Marilyn insegura, arrolladora en su papel de sex symbol empero frágil para ella misma en las cuitas artísticas que desea alcanzar de la mano de la aprobación de quien se le cruce. 

Pero My Week With Marilyn no es un biopic bajo ninguna circunstancia, su misma concepción le impide serlo: es un recuento de una anécdota, un cotilleo de un rendezvous demasiado casual y breve para ahondar en la agrietada y sinuosa psicología de la bomba rubia. Es entonces y por ello que Michelle William despliega todo su carisma, magnetismo, vulnerabilidad en un monólogo de delicado histrionismo que cautiva por su sutileza y encanto natural. Nada en Williams es forzado, su empatía para tratar, he ahí la clave: tratar, de entender a Monroe es genuina y es en esa honestidad y en la ligereza del filme que el producto final es satisfactorio. Es en las mismas palabras de Olivier que recita con aplomo y certeza “Actuar requiere de verdad y si uno puede fingir, entonces le espera la fama”.

Es posible que al final nadie encuentre algo nuevo o revelador en Marilyn Monroe, algún hecho que sea en lo absoluto trascendental sobre la actriz, pero éste filme cumple un objetivo distinto: ha vuelto a poner sobre la palestra a una actriz fundamental y fundacional para el cine de hoy y sólo ello es pretexto para que nuevas generaciones regresen a esas raíces y busquen y aprecien en los archivos el resplandor original de la verdadera Marilyn Monroe; ello ya es un triunfo. Es la trascendencia de un ícono.

Lo bueno: Williams y Branagh en un duelo cara a cara en el que de no ser por mayor tiempo de metraje y exposición de parte de la actriz, el irlandés bien podría haber destacado aún más.

Lo malo: El erotismo inherente en Monroe nunca llega a calar y no sale de cierto estereotipo encajonado que es el único punto flojo en el retrato de Williams sobre la actriz.