“A Dangerous Method” o los oscuros deseos que exudan las refinadas mentes que psicoanalizaron al siglo XX

por G. Bastas Chipoco


Para los psicoanalistas la impronta de Sigmund Freud es incuestionable, su devoción a sus principios vienen envueltos en un fundamentalismo tan estricto que dicho corsé deja poco espacio para el debate o la duda. Y así como hay científicos que se rehúsan a considerar a la psicología como tal, hay psicólogos que rechazan el legado de Freud por su monotemática manera de enfocar los problemas de la mente humana, o sea, a través del sexo. El interés de Cronenberg en abordar el conflicto entre Freud y Jung no sólo es un elegante triángulo amoroso entre dos rivales, pupilo y maestro, sino también una chance de comprender y descubrir los manierismos y defectos de una técnica de autodescubrimiento y entendimiento mutuo que resultó por demás trascendental.

En el momento en que Sabina Spielrein cruza la puerta del consultorio de Carl Jung no sólo irrumpe en su vida profesional sino trastoca cada aspecto de su concepto como hombre en el punto que la marca de ambos queda impregnada en forma de un estigma. Spielrein abre las puertas a Jung a un campo en donde el sexo no es el fin, como Freud lo señala, sino es el vehículo para encontrarse a sí mismo. Y aunque la rusa afirmase que es a través de la relación sexual en la que uno se pierde a sí mismo, es en efecto gracias al impulso sexual en la interacción entre paciente y médico que Jung y Spielrein consiguen liberarse de los miedos y tribulaciones que los aquejaban.

Las socialmente inadecuadas ansiedades de Spielrein –histérica e histriónica Keira Knightley en su performance más incómoda y brillante hasta ahora- hacen eco en un momento crucial en el que Jung –sobrio y sólido Michael Fassbender, una futura promesa que ya cumple con creces- vacila en mantener el recto camino del psicoanalismo con el fin de darle una segunda vida y credibilidad científica tras el liderazgo de Freud o, en su defecto, labrar su propio camino experimentando con la metafísica y otras herramientas de dudoso rigor. Entre esa encrucijada Spielrein divide en dos a su doctor, a su amante, a su mentor, a su colega y de allí nada vuelve a ser lo mismo. Ni para ellos ni para el psicoanalismo.

Sin embargo, para los ojos de Sigmund Freud –Viggo Mortensen en su tercera colaboración con Cronenberg, cómodo en sus zapatos y soberbio- ésta relación es impura y peligrosa que pone en riesgo los cimientos de su legado y podría significarle un atraso para la unanimidad y reconocimiento de la comunidad médica. En su rol de patriarca de la pléyade psicoanalista manipula e intenta moldear a su semejanza la entonces vulnerable psique de Jung a quien disecciona sus sueños y trasgresiones sexuales con frío cálculo, metódico razonamiento y refinado estilo; nunca deja su puro ni se desacomoda en su traje de sombrero y guante.

David Cronenberg halló una historia digna de él por la que su mano agarra firme un drama de época extraño en sí mismo, intelectualmente estimulante y robusto, fascinante. Su estilizado montaje sólo sirve para trastocar nuestras ideas y conceptos preconcebidos sobre cómo la sordidez, impulsos, deseos y aberraciones individuales se pueden vestir o disfrazar en cotidianidad y elegancia en su exterior. He allí lo peligroso del asunto.

Lo bueno: Knightley brilla por su cuenta, aunque en su brevísimo pero salvaje aparición, Vincent Cassel –como el inclasificable e hipersexual, Otto Gross– roba escenas y mujeres mientras se lo permiten.

Lo malo: Pese a ser un filme bastante breve, su ritmo paciencioso, argumento histórico-científico y vena clasicista pueda resultar apabullante sino aburrido.

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