“J. Edgar” y el honroso esfuerzo de dos ancianos gagá en recordar sus mejores años

por G. Bastas Chipoco


Los Estados Unidos que hoy conocemos fue cincelado por varios hombres a lo largo del siglo XX –Ted Roosevelt, W. Wilson, FDR, Eisenhower, los Kennedy, Nixon-, pero detrás de éstas figuras de poder hubo una mano oculta, una sombra que eclipsaba a las demás con sus ideales de patriotismo, rectitud, conservadurismo, tenacidad y fundamentalista fervor americano, ese era J. Edgar Hoover, el fundador y director del FBI desde los 30’s hasta 1972. Desde su cargo Hoover se convirtió en un Gran Hermano orwelliano, una presencia omnisciente y omnipresente en la sociedad y política norteamericana. Él era el que encendía y apagaba la luz en los corredores de poder, todos los demás eran sólo fichas en su tablero.

Para abordar a la obra y legado de Hoover, Clint Eastwood lo lleva al inicio de su carrera como mandadero de la agencia precursora al FBI a través de su ininterrumpido aunque accidentado ascenso en los escalones de la seguridad nacional estadounidense. Para ello Eastwood se enfoca en pasajes clave en su directorado: la guerra contra los gánsteres, el secuestro Lindbergh, su iniciativa en crear la investigación forense, y su infructuoso chantaje al reverendo Martin Luther King Jr. Todo estos pasajes narrados ya en su vejez casi senil desde la comodidad de su escritorio elaborando lo que son sus poco fidedignas memorias.

El filme se mueve como el péndulo de un clasicista y pesado reloj; sin sobresaltos, con predecibles giros y vueltas, cada reacción es perfectamente cronometrada por lo que el atractivo no recae en el efectismo, con Eastwood tampoco nunca ha sido de esa manera. Lo mejor del filme se centra en sus protagonistas, el tándem entre Leonardo DiCaprio –en su madurez, confiado, seguro de sí mismo, quizás en piloto automático pero sólido- y Armie Hammer –correctísimo, sin titubeos aporta tanto como puede sin restarle luz a DiCaprio- como Clyde Tolson, mano derecha de Hoover y su supuesto amante.

Pero en lo que falla J. Edgar es en el modo en el que Eastwood pretende echar mano a la historia, una presencia que polariza, demasiado controversial y vasta para diseccionar, categorizar, descubrir y presentar a Hoover. En primer lugar, el filme, pese a su ritmo preciso como galope a media velocidad, se pierde en los flashbacks y entre ida y venida la confusión e impaciencia crece; crece cierto tedio. Por el otro, J. Edgar Hoover es una controversia en sí mismo, un nombre que significa tanto y teje leyendas bajo su piel (homosexualidad, abuso de poder, chantaje, corrupción,etc.) nada de ello se aprecia. No hay impacto. Todo es demasiado correcto, soso, insulso, baladí. Un biopic sin riesgo, revelación ni trascendencia.

Clint Eastwood viene de una década prolífica en la que ha firmado una seguidilla de obras maestras que lo erigen como un pilar de la cinematografía estadounidente –Mystic River, Million Dollar Baby y el díptico Letters From Iwo Jima/Flags Of Our Fathers-, pero también de caer en la autoindulgencia con Invictus y Hereafter, por lo que uno puede empezar a creer que es hora que monumento en el que se ha convertido sólo sirva para rendirle culto a su legado y nada más.

Lo bueno: Los mejores momentos del filme son cuando DiCaprio comparte pantalla con Judi Dench como una madre castrante. Eso incluye una escena de baile forzado y un travestismo frente al espejo.

Lo malo: El biopic es demasiado tímido, susurrante, nostálgico y fofo. Falla por las mismas razones que The Iron Lady, sus protagonistas son enormes para engullir en un bocado.