Lou Reed o los 70 años de un rockero que empezó en las calles y terminó como un artículo de museo

por G. Bastas Chipoco


Las canciones que presentaron a The Velvet Underground al mundo –el proyecto capricho de Andy Warhol, aburrido por ese entonces de la pintura y coqueteando el cine y la música- fueron Heroin y I’m Waiting For The Man, ambas sendas odas a la drogadicción y la crápula. Aquello fue revolucionario, groundbreaking, un bombazo molotov en plena época de la psicodelia y el flower power más lisérgico en el que las bandas cantaban sobre el amor, la paz y autos de papel periódico y cielos de mermelada. Lou Reed fue el hombre detrás de la canción, la mano que firmaron poemas sobre marginales perdidos por sus vicios, debilidades y sueños rotos. Él era la voz del lado oscuro desde los años 60s en adelante.

Sin embargo, como todo genio que se reconoce a sí mismo como tal el peligro de la autoindulgencia y el facilismo es la piedra con la que siempre tropieza. Podría bastar escucharlo en Kill Your Sons o The Day John Kennedy Died para entenderlo, pero al mismo tiempo lo que el neoyorkino logra en un puñado de canciones lo deshace en álbumes olvidables, descartables.

La carrera de Reed es demasiado irregular, varía de acuerdo a su estado de ánimo y éste es tan urticante como el sonido de Metal Machine Music así que es simple imaginar que como hay picos y obras maestras –el preciosista Transformers; el sobrio e íntimo The Blue Mask; y el adulto New Sensations– también hay basura en vinilo lleno de mediocridad –Rock & Roll HeartGrowing Up In PublicMistrial– y hasta obras caprichosas e incomprensibles que no tienen explicación alguna de porqué y cómo salieron a la luz –el new age ambiental para tai chi geriátrico Hudson River Wind Meditations; el pretencioso y ampuloso The Raven; y el bodrio de proporciones épicas Lulu al alimón con Metallica.

La raíz de la inconstancia del compositor reside en que él es su primera fuente de inspiración, de él mismo nutre sus canciones. En ocasiones acierta y la mano de la inspiración lo toca e ilumina para escribir verdades y maduras reflexiones urbanas de hondísimo calado personal y social. En otras cae en el ombliguismo y le da vueltas a su cola como un perro callejero persiguiendo cualquier auto a la vez. En comparación, Reed no tiene la misma disciplina de Bob Dylan, tampoco la paciencia de Leonard Cohen, el inconformismo e incomodidad de Tom Waits, o el nihilismo absoluto, incluso consigo mismo, de Nick Cave.

¿Cómo así es entonces que Lou Reed con todos sus defectos artísticos es una presencia fundamental en el rock & roll? Porque él llegó primero y plantó la piedra fundacional. Porque en los 70s lanzó álbumes interesantes sin comprometerse al disco (entiéndase el caso de los Stones, Rod Stewart, Ringo Starr, otros) ni verse amenazado por el punk (Neil Young, The Who, Paul McCartney) Porque en los 80s fue un digno dinosaurio que renació y gozó del momentum que le dio New York para cosechar su estatus de leyenda que ha sostenido desde entonces hasta hoy.

Lou Reed cumple 70 años y viendo en retrospectiva el legado que ha dejado es suficiente para celebrarlos y enfocarnos en sus logros. No importa que John Cale se burlase de él cuando éste se fuera de The Velvet Underground llamándole Lulú en el círculo de amigos mutuos que tenían (Nico, Warhol) o que su relación con la intelectual Laurie Anderson no lo inspirase a producir mejor  música desde 1990. A pesar de todo que las críticas vengan después, cuando lance un nuevo álbum, mientras tanto a gozar de lo que dejó.

MOMENTO AUDIOVISUAL:

Lou Reed interpreta “Sad Song”, tema final del álbum de culto Berlin (1973) En 2007 decide girar presentando las canciones por primera vez en vivo. El concierto se filmó en un documental llamado Berlin: Live At St. Ann’s Warehouse dirigido por el cineasta Julian Schnabel (Basquiat; The Diving Bell And The Butterfly)

Performance de Lou Reed a mediados de los 70s cuando su imagen glam y andrógina marcaba la pauta dentro del rock junto con el Ziggy Stardust de Bowie y la andanada protopunk de Iggy Pop que éste había cultivado años antes. A ésta fase se le conoce como la de Rock & Roll Animal.

Tras el impulso que recibió gracias al unánime y fundamental New York, Lou Reed fuerza su inspiración para componer Magic & Loss, un álbum crepuscular y sumamente intimista marcado por el luto y la pesadumbre de la mortalidad. El inteligente, emotivo y monótono álbum fue dedicado a Doc Pomus, su mentor, y resultó un éxito amparado por el excelente momentum por el que atravesaba.

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