“Carnage” y el prolongado berrinche de cuatro adultos expuestos y encerrados en sus más infantiles frustraciones

por G. Bastas Chipoco


Con Roman Polanski nada es sencillo ni nada es común, lo que parece ser apacible oculta en su simplicidad la turbia imperfección de lo bestial que espera trastocar su fachada. El director también ha sabido cultivar a lo largo de su carrera una obra consistente a sus criterios, a su impertérrita visión oscura sobre la vida y las relaciones humanas. Ya sea desde el esoterismo de sus filmes más consagrados y malditos –Repulsion, Rosemary’s Baby o Macbeth– o las producciones más “inocuas”The Pianist, Oliver Twist, The Ghost Writer-, todas ellas guardan en común a personajes incómodos con su entorno, en constante amenaza y peligro; el mundo no es un lugar seguro para Polanski.

Cuando un niño con garrote en mano golpea y desfigura a otro en un parque de juegos la disputa se traslada de las manos de ellos a la de sus padres para coordinar entre los cuatro la mejor acción a tomar en cómo disciplinar y reconciliar a los chicos. Mientras ambas parejas se reúnen en el apartamento de una de ellas lo que en un inicio comienza como un desacuerdo sintáctico degenera en una disputa psicológica sobre los más nimios y/o trascendentales aspectos de cada uno de los individuos desnudando mutuamente la fealdad, el defecto, el resentimiento, la manía, la estupidez, entre otros tantos aspectos desagradables. Lo que era un juego de tira y afloja la soga acaba como una enorme avalancha con los dos equipos rodando en caída libre a su propia miseria.

Los padres de la víctima, y anfitriones, Penelope y Michael Longstreet –dueto de Jodie Foster, sólida pero no inspirada; y John C. Reilly, dando la talla entre actores superiores a él- reciben a los Cowan, padres del agresor –Kate Winslet, entregada por completo tanto física como psicológicamente a su rol; y Christoph Waltz, repitiéndose a sí mismo pero con ingenio y en inteligentes dosis- para redactar un informe de los hechos y cuando los Cowan ya están dispuestos a retirarse una confusa serie de malentendidos y cortesías se suceden entre sí hasta que las diferencias irreconciliables entran a la superficie.

Encerrados en un apartamento neoyorkino –extraordinario trabajo de diseño de Dean Tavoularis, responsable de los sets de The Godfather y Apocalypse Now, que brilla en su minuciosidad y riqueza trivial- los cuatro adultos y únicos protagonistas de la película se enfrascan en una disputa verbal únicamente interrumpida por varias llamadas telefónicas que sólo agravan la situación. Lo que sale de sus bocas bien encapsulan el desencanto, el tedio y la frustración de la madurez, el matrimonio, las relaciones profesionales, la paternidad, la condición humana, el papel del individuo en la comunidad, los modeles y consideración, etc. Es una vorágine de ideas que se suceden sin cesar hasta el final del filme que resulta tan lógico como delicioso.

Siendo una obra de teatro de carácter casi minimalista la completa atención recae en estos cuatro actores que despliegan todo su histrionismo para el morboso gozo de Polanski que una vez más lanza su dardo de crítica social en una comedia oscura, atípica, madura, violenta, sutil y políticamente incorrecta. William Golding atrapó a niños en una isla y estos se volvieron primitivos, Polanski encerró a cuatro adultos en una habitación y terminaron en un grotesco berrinche y caos infantil.

Lo bueno: La pareja Winslet/Waltz resulta más compacta, cómplice y en mejor caótica armonía.

Lo malo: Pese a ser una película muy corta, apenas una hora y diez minutos, su densidad y profundidad pueden ser difíciles de captar por el espectador común.