“Killing Them Softly” o una nueva parábola criminal en los tiempos de recesión

por G. Bastas Chipoco


por Andrew Dominik (2012)

No es coincidencia que la ebullición del cine noir coincidiera en los años posteriores al crack de 1929. Tremendo golpe a la sociedad americana resultó en definir un género que encajaba con el pathos del marginal, del ciudadano traicionado en su fe al sistema, del trabajador que comprende que el camino recto no siempre lo lleva a sus objetivos en un país que no reemplaza tan rápido como tira la toalla en su inmitigable lucha por sobrevivir con decencia.

En la primera década del nuevo siglo otro nocaut tiró al suelo a una América herida por el 11/9, Katrina y las guerras en Irak y Afganistán. La crisis del 2008 trajo consigo cualquier atisbo de optimismo y esperanza por lo que las personas se refugian en sí mismas para rendirse a sus vicios, a la comodidad de la apática desesperación por consumir sus vidas y los últimos dólares en los bolsillos con tal de olvidar los problemas que arrecian cruzando la puerta de sus casas, bares, prostíbulos, moteles y casas de apuestas. Ese es el escenario en donde el crimen es el único balance que tiene sentido y conserva el balance de las cosas.

Cuando un juego de cartas es objeto de un robo los capos de la ciudad deciden ajustar las tuercas para evitar que vuelvan a trastocar con sus negocios y pasatiempos. Para tal tarea contratan a Jackie Cogan –un Brad Pitt agrandado en su cómodo rol de actor de carácter, gozando de la profundidad que le confiere la madurez y experiencia-, un pragmático sicario para que desenrede algunos nudos en la ciudad y despabile a los que trataron de pasarse de listos robándole a la gente equivocada.

Killing Them Softly (2012)

Todo el escenario alrededor de Cogan es un New Orleans grisáceo, húmedo, violento, sórdido. Es una herida de pus en la que brota sudor y sangre y el vicio es la pulsación que aviva esa herida. Los personajes del filme son tan perdedores como esclavos de su suerte que cuentan su dinero como las horas que saben les queda con vida como el caso de Markie –preciso Ray Liotta en un rol bien conocido por él-, el heroinómano Russell –bien lucido Ben Mendelsohn-, y el asesino maniacodepresivo Mickey –James Gandolfini en piloto automático.

Todos alrededor de Jackie son piezas que caen no por sus balas sino por sus propios errores motivados por sus debilidades o ambiciones. El único que pareciese saber nadar en esa piscina de lodo es Jackie y aquello le confiere un aura de cordura en un país que se desmorona alrededor suyo y como pareciera reconocer en su monólogo final con el intermediario que lo contrató –Richard Jenkins, siempre cumplidor. En tiempos que cualquiera es un commodity desechable y el concepto de esperanza es una promesa fútil en la boca de un político más vale que le pagues las deudas que debes.

Lo bueno: una escena de heroína que involucra un auto a punto de explotar. Y, por supuesto, las acertadísimas intervenciones de George W. Bush y Barack Obama a través de sus discursos que apuntalan, paradójicamente, el humor cáustico del filme.

Lo malo: el argumento tarda en construirse, pese a la brevedad del filme pueda haber espectadores que no tengan la debida paciencia para entretejer las motivaciones de los personajes.

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