Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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“Anonymous” y la recreación de un rumor en el que William Shakespeare no es quien creíamos que era

Existe una teoría sobre el origen de las obras de William Shakespeare en las que el verdadero autor no es el Cisne de Avon sino el 17avo. Conde de Oxford, Edward de Vere. Semejante hipótesis trastoca por completo no sólo el contexto en el que se escribieron los sonetos y tragedias sino también la mismísima historia inglesa de la Edad Dorada. La Teoría Oxfordiana es una de las tantas que cuestionan a Shakespeare y Anonymous la usa de pretexto para replantear una serie de eventos relacionados y elaborar una sinuosa historia de intriga, pasión, secretos, decapitación incesto  y traiciones.

Sir Derek Jacobi nos introduce a una Época Isabelina en la que nos pide abandonar nuestras concepciones previas y abramos la mente a la duda, a una nueva forma de ver el pasado. A través de él conocemos a Ben Jonson, un joven dramaturgo huyendo de las alabardas y antorchas reales al mando de  Robert Cecil, 1er. Conde de Salisbury, que busca destruir las obras que Jonson protege. Mientras lo hacen prisionero y torturan en la Torre de Londres comienza a revelar su sociedad con Edward de Vere.

El Conde de Oxford -un renacentista absoluto, un hombre de letras cultivado en las artes y el florete escribe como si eso fuese su único mandato y consuelo para paliar su infeliz vida al lado de una mujer que no ama por la imposición de un hombre al que desprecia, William Cecil, el 1er. Barón Burghley, íntimo consejero de la reina Elizabeth I.

Cuando de Vere –impresionante Rhys Ifans, carismático y seguro de sí mismo- ve el efecto del teatro en la gente común decide extenderle a Jonson su Herny V para representarlo y así utilizarlo como propaganda a favor de un candidato al trono opuesto al favorito de su suegro, William Cecil –virulento, sólido David Thewlis. Pero cuando el oportunista y casi analfabeto Shakespeare proclama la autoría del éxito de la obra en frente del público rabioso los planes del Conde de Oxford cambian y se sella el destino de Jonson.

El destino, infortunio y miseria de Oxford empieza desde que sostuvo un amorío con Elizabeth I –sensual y nada virginal Joely Richardson– al seducirla dedicándole A Midsummer Night’s Dream. Desde allí el puritano William Cecil mueve los hilos con el fin de ahogar las aspiraciones literarias de Oxford mientras éste le responde con rebeldía, tozudez y más letras. El enrevesado tira y afloja entre de Vere y Cecil llega a su clímax con la sublevación de Essex bajo los cansados ojos de la anciana reina –inmensa Vanessa Redgrave como una Elizabeth débil y cansada; por momentos estúpida, por otros férrea y tenaz.

Lo que en superficie parece ser una complicadísima conspiración palaciega no lo es, puesto que Roland Emmerich –director de Independence Day, The Patriot y 2012– explota el valor del cine de entretenimiento y pese a que éste sea su obsesivo intento de ser considerado un cineasta serio, al final logra un irregular aunque exitoso equilibrio entre lo mejor y peor de sus virtudes: excelente uso de efectos especiales, grandilocuencia, empatía con los personajes y, sobretodo, una película que polariza a los críticos, pero que el cinemero puede gozar y recordar.

Lo bueno: El reparto es compacto y le da credibilidad a la puesta en escena. En especial el maduro trío Ifans/Redgrave/Thewlis.

Lo malo: La abundancia de nombres, intrigas, intereses, traciones, reyes y nobles exigen mucha atención. De perder la ilación implicaría dejar de entender el resto del filme.

“A Dangerous Method” o los oscuros deseos que exudan las refinadas mentes que psicoanalizaron al siglo XX

Para los psicoanalistas la impronta de Sigmund Freud es incuestionable, su devoción a sus principios vienen envueltos en un fundamentalismo tan estricto que dicho corsé deja poco espacio para el debate o la duda. Y así como hay científicos que se rehúsan a considerar a la psicología como tal, hay psicólogos que rechazan el legado de Freud por su monotemática manera de enfocar los problemas de la mente humana, o sea, a través del sexo. El interés de Cronenberg en abordar el conflicto entre Freud y Jung no sólo es un elegante triángulo amoroso entre dos rivales, pupilo y maestro, sino también una chance de comprender y descubrir los manierismos y defectos de una técnica de autodescubrimiento y entendimiento mutuo que resultó por demás trascendental.

En el momento en que Sabina Spielrein cruza la puerta del consultorio de Carl Jung no sólo irrumpe en su vida profesional sino trastoca cada aspecto de su concepto como hombre en el punto que la marca de ambos queda impregnada en forma de un estigma. Spielrein abre las puertas a Jung a un campo en donde el sexo no es el fin, como Freud lo señala, sino es el vehículo para encontrarse a sí mismo. Y aunque la rusa afirmase que es a través de la relación sexual en la que uno se pierde a sí mismo, es en efecto gracias al impulso sexual en la interacción entre paciente y médico que Jung y Spielrein consiguen liberarse de los miedos y tribulaciones que los aquejaban.

Las socialmente inadecuadas ansiedades de Spielrein –histérica e histriónica Keira Knightley en su performance más incómoda y brillante hasta ahora- hacen eco en un momento crucial en el que Jung –sobrio y sólido Michael Fassbender, una futura promesa que ya cumple con creces- vacila en mantener el recto camino del psicoanalismo con el fin de darle una segunda vida y credibilidad científica tras el liderazgo de Freud o, en su defecto, labrar su propio camino experimentando con la metafísica y otras herramientas de dudoso rigor. Entre esa encrucijada Spielrein divide en dos a su doctor, a su amante, a su mentor, a su colega y de allí nada vuelve a ser lo mismo. Ni para ellos ni para el psicoanalismo.

Sin embargo, para los ojos de Sigmund Freud –Viggo Mortensen en su tercera colaboración con Cronenberg, cómodo en sus zapatos y soberbio- ésta relación es impura y peligrosa que pone en riesgo los cimientos de su legado y podría significarle un atraso para la unanimidad y reconocimiento de la comunidad médica. En su rol de patriarca de la pléyade psicoanalista manipula e intenta moldear a su semejanza la entonces vulnerable psique de Jung a quien disecciona sus sueños y trasgresiones sexuales con frío cálculo, metódico razonamiento y refinado estilo; nunca deja su puro ni se desacomoda en su traje de sombrero y guante.

David Cronenberg halló una historia digna de él por la que su mano agarra firme un drama de época extraño en sí mismo, intelectualmente estimulante y robusto, fascinante. Su estilizado montaje sólo sirve para trastocar nuestras ideas y conceptos preconcebidos sobre cómo la sordidez, impulsos, deseos y aberraciones individuales se pueden vestir o disfrazar en cotidianidad y elegancia en su exterior. He allí lo peligroso del asunto.

Lo bueno: Knightley brilla por su cuenta, aunque en su brevísimo pero salvaje aparición, Vincent Cassel –como el inclasificable e hipersexual, Otto Gross– roba escenas y mujeres mientras se lo permiten.

Lo malo: Pese a ser un filme bastante breve, su ritmo paciencioso, argumento histórico-científico y vena clasicista pueda resultar apabullante sino aburrido.