Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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“The Girl With The Dragon Tattoo” o la sofisticación de la sordidez humana en los ojos conflictuados de una rechazada social

Si hay un realizador habitual a construir y diseccionar los retazos psicológicos en los límites de lo que es humano y monstruoso es precisamente David Fincher. Desde los fundamentales Seven, Fight Club hasta Zodiac –historias impulsadas por asesinos o terroristas igual metódicos, viciosos y omnipresentes- Fincher revela las fracturas de una sociedad que alberga una putrefacción inherente producto de la autocomplacencia, indulgencia, apatía o desconexión hacia sus semejantes. Esa falta de empatía en sus personajes incluso puede verse en sus filmes menos viscerales como The Game –con un yuppie anestesiado Michael Douglas- o Panic Room –con una aislacionista Jodie Foster recién divorciada- por lo que su insight era ideal para diseñar el perfil de una criatura limítrofe en su mismo concepto, Lisbeth Salander.

Cuando el periodista independiente y caído en desgracia Mikael Blomkvist –frío, preciso y racional Daniel Craig, quien encaja a la perfección a su contraparte femenina creando un dúo cuasi icónico- le contratan para una investigación de un misterio envuelto en capas de resentimiento, secretos y mentiras de una familia que bien podría encapsular la misma esencia de la Suecia del siglo 20, se encuentra con una serie de crímenes que al serle difíciles de abarcar cruza caminos con la investigadora independiente, en cada sentido de la palabra, Lisbeth Salander –hipnótica e inclasificable Rooney Mara en un compendio de rabia silenciosa, amenaza y gélida introspección-, desde ahí ambos no escarban sino se hunden en un foso cuya resolución los une en un vínculo único que bien podría redimir a la inadaptada hacker.

Fincher cuenta otra vez con Trent Reznor y Atticus Ross para confeccionar al alimón su banda sonora –acaso uno de los detalles cruciales en lo largo de las obras del director-, pero mientras el pulso de The Social Network era brillante, clínico y trepidante y en ocasiones en crescendo, lo de The Girl With The Dragon Tattoo es atmosférico en su misma esencia. Quizás embargados por la presencia de Salander, la sordidez y demencia o la agreste esterilidad del paisaje ártico sueco, la música es cavernosa, en un sentido tenso y gótico dando forma a una paranoia industrial similar al Nine Inch Nails noventero.

The Girl With The Dragon Tattoo funciona como un thriller convencional desde el clásico punto de vista literario de Agatha Christie con dos personajes, en particular Mikael Blomkvist, atrapado en una isla en donde todos son sospechosos y él un blanco fácil para el asesino. La vileza y podredumbre subyacente en las arrugas de rostros sonrientes cubiertos en opulencia brillan aún con mayor intensidad en el desolado paisaje invernal cuya nieve no purifica, en cambio nos recuerda que las manchas se verán más intensas aún cuando la máscara se fracture y el verdadero rostro sea revelado.

Lo bueno: Rooney Mara se devora cada una de las escenas en las que aparece. Ella misma siendo un tour de force, una mismísima fuerza de la naturaleza.

Lo malo: Sin comprometerse ni rendirse al facilismo de la industria de Hollywood, ésta versión palidece en incomodidad y transgresión del filme original de 2009.

“The Social Network” o los clics modernos en una década sin personalidad

Hay un consenso universal que The Social Network es una obra maestra contemporánea y es cierto. En contadas ocasiones un filme se conecta con la mentalidad de la época, ya sea creativa, estética o culturalmente. Lo de Fincher es una polaroid de la primera década del 2000, la que no tiene nombre, la del boom informático a nivel social y los millonarios instantáneos. The Social Network es puro zeitgeist y el ethos de una generación conectada a la tecnología y alienada empáticamente.

Lo que significó Network (1976) para el negocio de la TV –como Tootsie lo hizo en los ochenta- es idéntico a la disección de carácter y modus operandi que fue Wall Street (1987) con Oliver Stone dándole el epitafio a la década: “la codicia es buena, funciona”. En ese sentido David Fincher tuvo su chance de fotografiar a los 90’s en dos filmes en la superficie distintos pero caóticos y asfixiantes en común, Se7en (o la redefinición del género policial) y Fight Club, el existencialismo crudo y a lo bruto a finales de siglo.

En el filme Jesse Eisenberg es un Mark Zuckerberg con las virtudes y defectos de un nerd por antonomasia. Su maniática sagacidad para resolver problemas es equiparable a su resentimiento por los socialmente más dotados por lo que su máximo logro, he ahí la paradoja, es darle pie a una revolución ciberinteractiva, lograr relacionar 500 millones de personas y perder a su mejor amigo en el proceso –Andrew Garfield, en la mejor actuación del reparto.

The Social Network tiene todas las características de un Fincher inspirado; el soundtrack a cargo de Trent Reznor le da pulso a una historia trepidante, en crescendo, siempre inquieta y neurótica por el éxtasis de sus personajes. Su perspectiva es fría y ajena, nunca invasiva; la de un cineasta que demuestra cómo los grandes cambios tuvieron orígenes egoístas y que, a la larga, siempre consumen a su instigador.

Lo mejor: la escena de la carrera de remo es un logro técnico y artístico. Es arte, fotografía, montaje, música y músculo.

Lo peor: Justin Timberlake no le da suficiente malicia a su svengali y es un punto flojo.