Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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Juegos de guerra en el VRAE, el Lugar de la Memoria y soldados de plomo y lentejuelas

Si hay una pandemia en el Perú es el Alzheimer selectivo. Por más que lo pienso más me sorprende cómo la gente olvida su historia reciente. Peor aún, cómo, motivados por falsas promesas o una clase de ‘espíritu navideño’, lo perdonan todo. “La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos que consentimos en ser inferiores”.

Se eligió a Miraflores para la edificación del Lugar de la Memoria que albergará las turbias investigaciones de la CVR y demás material sobre la lucha armada contra la subversión. Es paradójico que el museo se ubique cerca al ex cuartel San Martín y en el distrito más eblemático de la guerra contra el terror. La gente de las ONGs progres que denunciaron a las FF.AA. por terrorismo de estado no deben haber entendido la paradoja.

Un museo es, en síntesis, un sitio para albergar el pasado. Por lo mismo, se puede entender entonces que el terror es cosa de libros de historia, material didáctico, un cuento de cuco para contarles a los universitarios berrinchosos y socialistoides (que en la UNMSM y PUCP abundan). Las víctimas en los Andes y en la capital deben sentirse insultados por comercializar un dolor, enchaparlo de mármol y así dilapidar una donación de US$ 2 millones más que necesaria en otros ámbitos.

En estos meses en el que el VRAE se ha convertido en un ‘triangulo de las Bermudas’ -soldado que entra allí no regresa vivo- crear un museo es no sólo una frivolidad de mal gusto sino un desatino total. El terrorismo no se ha ido, únicamente ha cambiado de cara. La causa ya no es la lucha y reivindicación social sino el narcotráfico. La doctrina es sembrar terror y coca, cosechar muerte y dólares.

La mejor forma de honrar y recordar a las víctimas del terror y la lucha del ejército y la PNP es erradicar implacablemente y extirpar de los corazones el fundamentalismo y la retórica de violencia. Éste museo me recuerda que una cosa es olvidar y otra es burlarse de la historia.

La brigada del arco iris

Frente a esta desidia y el sordo llamado patrio de las últimas generaciones que han gozado con el servicio militar voluntario se deben plantear nuevas alternativas para repotenciar con nuestra venida a menos Fuerzas Armadas. Una interesante propuesta sería el libre reclutamiento de cadetes LGBT.

De darse las condiciones ideales -garantías de libre profesión, representatividad en el foro y en los códigos de Justicia Militar, reconocimiento de derechos/obligaciones/responsabilidades, no discriminación, entre otros- Perú estaría uniéndose a Argentina como a cerca de veinte países de la OTAN que han levantado el veto.

Incluso dentro de la Bundeswehr (Alemania) el Comité de Empleados Homosexuales en las Fuerzas Armadas garantiza la defensa y el cumplimiento pleno de los derechos civiles y militares de sus miembros. Es ese el mismo ejército heredero de la tradición de la RFA y la comunista RDA. Los nazis de la Wehrmacht deben estar revolviéndose en sus tumbas.

La inclusión de reclutas LGBT sería una inyección de recurso humano que le daría mayor músculo al Ejército Peruano; el servicio militar obligatorio y la modernización armamentística periódica es lo que tiene que implantarse de inmediato. No debería con esto imitarse la embustera política estadounidense del Don’t Tell, Don’t Ask el cual bien rechaza la discriminación, el abuso y el acoso ni disuade a reclutas de servir, sí los obliga a mantener en secreto su orientación sexual. Ergo, mantenerse caletas.

En la lucha por la defensa nacional los prejuicios son armas obsoletas que defienden únicamente a mastodontes de mentes obtusas que no ven más allá de sus parámetros existenciales y quienes, de darse el caso, dudo muchísimo sean los primeros en enfundarse un rifle y liderar una ofensiva. Si un gay o lesbiana tiene la vocación de hacerlo, entonces ¿por qué no permitírselo?

“J. Edgar” y el honroso esfuerzo de dos ancianos gagá en recordar sus mejores años

Los Estados Unidos que hoy conocemos fue cincelado por varios hombres a lo largo del siglo XX –Ted Roosevelt, W. Wilson, FDR, Eisenhower, los Kennedy, Nixon-, pero detrás de éstas figuras de poder hubo una mano oculta, una sombra que eclipsaba a las demás con sus ideales de patriotismo, rectitud, conservadurismo, tenacidad y fundamentalista fervor americano, ese era J. Edgar Hoover, el fundador y director del FBI desde los 30’s hasta 1972. Desde su cargo Hoover se convirtió en un Gran Hermano orwelliano, una presencia omnisciente y omnipresente en la sociedad y política norteamericana. Él era el que encendía y apagaba la luz en los corredores de poder, todos los demás eran sólo fichas en su tablero.

Para abordar a la obra y legado de Hoover, Clint Eastwood lo lleva al inicio de su carrera como mandadero de la agencia precursora al FBI a través de su ininterrumpido aunque accidentado ascenso en los escalones de la seguridad nacional estadounidense. Para ello Eastwood se enfoca en pasajes clave en su directorado: la guerra contra los gánsteres, el secuestro Lindbergh, su iniciativa en crear la investigación forense, y su infructuoso chantaje al reverendo Martin Luther King Jr. Todo estos pasajes narrados ya en su vejez casi senil desde la comodidad de su escritorio elaborando lo que son sus poco fidedignas memorias.

El filme se mueve como el péndulo de un clasicista y pesado reloj; sin sobresaltos, con predecibles giros y vueltas, cada reacción es perfectamente cronometrada por lo que el atractivo no recae en el efectismo, con Eastwood tampoco nunca ha sido de esa manera. Lo mejor del filme se centra en sus protagonistas, el tándem entre Leonardo DiCaprio –en su madurez, confiado, seguro de sí mismo, quizás en piloto automático pero sólido- y Armie Hammer –correctísimo, sin titubeos aporta tanto como puede sin restarle luz a DiCaprio- como Clyde Tolson, mano derecha de Hoover y su supuesto amante.

Pero en lo que falla J. Edgar es en el modo en el que Eastwood pretende echar mano a la historia, una presencia que polariza, demasiado controversial y vasta para diseccionar, categorizar, descubrir y presentar a Hoover. En primer lugar, el filme, pese a su ritmo preciso como galope a media velocidad, se pierde en los flashbacks y entre ida y venida la confusión e impaciencia crece; crece cierto tedio. Por el otro, J. Edgar Hoover es una controversia en sí mismo, un nombre que significa tanto y teje leyendas bajo su piel (homosexualidad, abuso de poder, chantaje, corrupción,etc.) nada de ello se aprecia. No hay impacto. Todo es demasiado correcto, soso, insulso, baladí. Un biopic sin riesgo, revelación ni trascendencia.

Clint Eastwood viene de una década prolífica en la que ha firmado una seguidilla de obras maestras que lo erigen como un pilar de la cinematografía estadounidente –Mystic River, Million Dollar Baby y el díptico Letters From Iwo Jima/Flags Of Our Fathers-, pero también de caer en la autoindulgencia con Invictus y Hereafter, por lo que uno puede empezar a creer que es hora que monumento en el que se ha convertido sólo sirva para rendirle culto a su legado y nada más.

Lo bueno: Los mejores momentos del filme son cuando DiCaprio comparte pantalla con Judi Dench como una madre castrante. Eso incluye una escena de baile forzado y un travestismo frente al espejo.

Lo malo: El biopic es demasiado tímido, susurrante, nostálgico y fofo. Falla por las mismas razones que The Iron Lady, sus protagonistas son enormes para engullir en un bocado.