Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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Se cumplen casi 365 días con Ollanta Humala como presidente… ¿y qué?

Dentro de muy poco se cumplirá el primer año de gobierno de Ollanta Humala, el candidato que fue vilipendiado en campaña como la peor de las elecciones para presidente y, sin embargo, ganó a pesar de todo ello. Pese a esa inesperada victoria ésta no legitimaba su propuesta ni el voto popular devenía a un cheque en blanco; la incertidumbre ha ido acompañando su camino por los primeros meses.

Tras atravesar dos crisis ministeriales, con resultados y soluciones bastante dispares, y todavía con la humareda enturbiando la paz interna en esa zona conflictiva que se ha convertido Cajamarca producto de las protestas contra al Proyecto Conga, a Humala le deja poco tiempo y margen de acción para lucirse como un líder sino, todo lo contrario, le delate y le deja caer en una autoimpuesta sobriedad y laconismo que se traduce como escasez de recursos e incapacidad.

El problema con Ollanta Humala en éste primer año es el mismo por el que pasó su otrora antagonista, el cual él buscó defenestrar, Alejandro Toledo: La banda presidencial es demasiado ancha y demasiado ajena. Ambos resultaron elegidos por azares del destino y el capricho de la suerte inicial no acompañó al resto del gobierno.

Tanto para Toledo como Humala la presidencia es un premio al esfuerzo de sus campañas, pero no a sus credenciales profesionales, ambos son cazafortunas, tahúres que apostaron al número ganador. El primero tuvo que realizar una marcha y venderse como lo que al final no fue (un economista maverick, un gurú visionario alimentado por el Primer Mundo), y el segundo humillarse a jurar, perjurar y volver a jurar sobre la Santa Biblia y a cuantos testigos hubieran que habría de “comportarse bien”.

El ejercicio del poder de Humala es bastante limitado y se ha arrinconado a un lugar cómodo dentro de sus responsabilidades como mandatario. Humala es el rostro del humalismo, pero jamás su dínamo, su fuente de ideas, su caudillo, su adalid. El Humala presidente es un maniquí que posa para la foto oportunista de las pocas buenas acciones que su gestión haya realizado y hasta ahí no más llega sus obligaciones para consigo mismo. No hay esfuerzo, no hay liderazgo, no hay decisión que se escuche de su boca en un primer momento. El presidente es un muñeco de ventrílocuo que habla con voz ajena sólo cuando tiene una cámara delante y la circunstancia lo amerita o apremia.

La formación militar de Humala podría haber jugado un papel más determinante en lo positivo para su presidencia: La discipina, el orden como virtud personal, la reacción rápida y oportuna, el temple y el pulso impertérrito en la dificultad; todo ello no se encuentra en Humala sino en su mentor y, a la sazón, Premier Oscar Valdés. Ollanta Humala siempre es opacado por figuras más fuerte o mayores que él: su padre Isaac, su hermano Antauro, el mismo Valdés.

Los que gobiernan

Entonces en ese cascarón vacío que es Ollanta Humala la sustancia en el ejercicio del poder lo ejerce Nadine Heredia, la Primera Dama, cuya influencia es demasiada aunque entre una sutil y férrea seguridad. El consenso en general es que mientras que Nadine siga susurrando a los oídos del presidente nada malo pasará ni del camino éste se desviará a causa de sus impulsos militaristas puesto que ella siempre ha sido percibida como el cerebro tras bambalinas. La ideóloga y genuina operadora política del nacionalismo.

Por otro lado está el Premier Valdés que sigue con rectitud e inquebrantable paso los dictámenes de la Hoja de Ruta, la cual reconoce como la fórmula del éxito de ésta administración así signifique traicionar viejas promesas y los orígenes de extrema izquierda de donde Humala proviene. Para Valdés, un pragmático por antonomasia, le importa poco la repercusión política, lo que cuenta son los resultados y he allí su vertical manejo de la crisis sobre Conga y la indignación de los revoltosos, caviares y oenegeístas interesados quienes traducen su disciplina y poca disposición a negociar sobre una mesa revuelta como autoritarismo. No es ese el caso sino es tener estructura, eso es ser metódico.

Finalmente, es el empresariado los que siguen su rumbo sin despeinarse. Estos tuvieron su momento de duda al inicio del gobierno, pero ya no les queda duda alguna -más aún tras la designación de Valdés como Premier y la ratificación del Proyecto Conga- que Humala ha dado un viraje positivo (o es que nunca fue de izquierda y sólo fue una careta astuta para capitalizar el zeitgeist del sur del país) hacia lo que ellos consideran una gestión inocua que respeta la inversión privada y la incentiva como cualquier político conservador, derechista dirán por allí, lo haría naturalmente.

A casi cumplirse un año de gobierno falta mucho camino para determinar si lo de Ollanta Humala fue una administración positiva para el Perú. Por lo pronto éste piloto automático sólo avanza sin una dirección fija y los conflictos sociales que se desatan en su camino ponen a prueba a un hombre que es todo menos un líder. Hace falta un norte. Hace falta una renovación de cuadros en el Gabinete para darle un shock a carteras comatosas como Inclusión Social, Educación y Salud. Nos urge un presidente.

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El recuerdo de Ilave, la ley de la selva y la sed de justicia en un país hambriento

Está claro que el crimen no paga, pero en los arenales de Lima -en donde no hay pistas ni caminos y, por lo tanto, la policía no tiene acceso ni putralla- también te cobra con la vida si tu error es descubierto. Porque cuando la pobreza no es un estilo de vida sino además un destino trazado y aquello que tienes es básicamente la única posesión que gozas el simple hecho de verlo perdido enerva las reacciones más primitivas del hombre. Es así que ¿cuál sería la alternativa a la ley y el orden en un lugar abandonado por el Estado? Pues la ley de la selva y el ajusticiamiento.

Basta con recordar al alcalde de Ilave, Cirilo Robles, quien vio sus últimos segundos de vida ardiendo en la via pública de su misma ciudad después que los indígenas -rabiosos y exacerbados por la corrupción de las autoridades puneñas y una serie de problemas medulares que corroían su sociedad desde décadas- lo lincharon hasta el borde de la muerte para rematarlo ahogándolo en fuego. La desidia del Estado, he ahí una paradoja puesto que mientras desean una autoridad guía y férrea desprecian a la endeble y corrupta que ya de por sí tienen, motivó a los nativos a resolver el problema ellos mismos.

Con Lima desbordándose en sus periferias es imposible que la impertérrita y a menudo deficiente o escasa Policía Nacional, en su calamitoso estado actual, nos dé la seguridad requerida o se cerciore a su vez que por su misma ausencia en sitios clave y de extrema urgencia la gente, harta del crimen impune, tome la justicia por sus manos. Cuando eso pasa, la víctima bien puede convertirse en un victimario por igual.

¿Sería justo que un delincuente denuncie a su víctima en caso de un ajusticiamiento? ¿Qué posición debería tomar la PNP y el Poder Judicial? ¿Qué derecho prima? Una opción son las rondas vecinales, en NYC los vecinos de ciertos buroughs conflictivos patrullan su barrio y gracias a la iniciativa del arresto ciudadano apresan al maleante hasta que las autoridades se hacen cargo, antes que el instinto sea abrumador.

La sociedad peruana está tan resentida con su sistema judicial (ineficiente, torpe, arcaico, excluyente, deshonesto, mercantilista) que es difícil, sino comprensible, que su indignación los impulse a no sólo hacer lo que se espera del PJ sino también a demostrarle al establishment que las cosas están mal, que el pueblo está harto, que caso contrario que no reaccionen el pueblo impondrá el orden que, en el trasfondo de sus malas acciones, claman por tener.

Que Lima sea una metrópoli no la hace necesariamente en una urbe civilizada, pero eso no significa que olvidemos, por más misérrima sea nuestra instrucción o background, el diferenciar entre el bien y el mal. Un discernimiento inherente con el que nacimos y crecemos.

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