Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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El recuerdo de Ilave, la ley de la selva y la sed de justicia en un país hambriento

Está claro que el crimen no paga, pero en los arenales de Lima -en donde no hay pistas ni caminos y, por lo tanto, la policía no tiene acceso ni putralla- también te cobra con la vida si tu error es descubierto. Porque cuando la pobreza no es un estilo de vida sino además un destino trazado y aquello que tienes es básicamente la única posesión que gozas el simple hecho de verlo perdido enerva las reacciones más primitivas del hombre. Es así que ¿cuál sería la alternativa a la ley y el orden en un lugar abandonado por el Estado? Pues la ley de la selva y el ajusticiamiento.

Basta con recordar al alcalde de Ilave, Cirilo Robles, quien vio sus últimos segundos de vida ardiendo en la via pública de su misma ciudad después que los indígenas -rabiosos y exacerbados por la corrupción de las autoridades puneñas y una serie de problemas medulares que corroían su sociedad desde décadas- lo lincharon hasta el borde de la muerte para rematarlo ahogándolo en fuego. La desidia del Estado, he ahí una paradoja puesto que mientras desean una autoridad guía y férrea desprecian a la endeble y corrupta que ya de por sí tienen, motivó a los nativos a resolver el problema ellos mismos.

Con Lima desbordándose en sus periferias es imposible que la impertérrita y a menudo deficiente o escasa Policía Nacional, en su calamitoso estado actual, nos dé la seguridad requerida o se cerciore a su vez que por su misma ausencia en sitios clave y de extrema urgencia la gente, harta del crimen impune, tome la justicia por sus manos. Cuando eso pasa, la víctima bien puede convertirse en un victimario por igual.

¿Sería justo que un delincuente denuncie a su víctima en caso de un ajusticiamiento? ¿Qué posición debería tomar la PNP y el Poder Judicial? ¿Qué derecho prima? Una opción son las rondas vecinales, en NYC los vecinos de ciertos buroughs conflictivos patrullan su barrio y gracias a la iniciativa del arresto ciudadano apresan al maleante hasta que las autoridades se hacen cargo, antes que el instinto sea abrumador.

La sociedad peruana está tan resentida con su sistema judicial (ineficiente, torpe, arcaico, excluyente, deshonesto, mercantilista) que es difícil, sino comprensible, que su indignación los impulse a no sólo hacer lo que se espera del PJ sino también a demostrarle al establishment que las cosas están mal, que el pueblo está harto, que caso contrario que no reaccionen el pueblo impondrá el orden que, en el trasfondo de sus malas acciones, claman por tener.

Que Lima sea una metrópoli no la hace necesariamente en una urbe civilizada, pero eso no significa que olvidemos, por más misérrima sea nuestra instrucción o background, el diferenciar entre el bien y el mal. Un discernimiento inherente con el que nacimos y crecemos.

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Marca Perú, identidad nacional y la compra y venta del orgullo de ser peruano

En un conflicto social en el interior como el Baguazo lo primero que hay que cuidarse no son de las carreteras tomadas o las piedras sino de herir susceptibilidades de no sólo los implicados sino de ciudadanos que por querer ser políticamente correctos llegan a la estúpida reivindicación y la falsa solidaridad. Posería pura.

Cuando la prensa llamó indígenas (esta palabra es una papa caliente, cuidado) a las tribus de marras hubo quienes lo consideraron ofensivo. ¡Ojo que ellos mismos y constitucionalmente se consideran nativos! El término les pareció quizá muy crudo. De repente, casta en vez de tribu o lugareños por aborígenes resultaba mejor.

Un problema es que Lima, sociológicamente hablando, es otro país; igual de fragmentado y con marcadísimas diferenciaciones entre su gente. Es por ello que la perspectiva con respecto al resto del país es como la de una tierra exótica, distante y misteriosa.

Y eso se aplica a la inversa también. Los indígenas piensan en Lima como el monstruo que devora sus recursos sin dejar nada a cambio; más les vale que recuerden las funciones de sus presidentes regionales. El Perú es un tablero de rompecabezas: aún unido está fraccionado.

Es por ello que no es difícil apelar a la identidad nacional bajo un referente totalizador -gastronomía, alguna figura deportiva, música, o el celebérrimo hasta el hartazgo Machu Picchu- para conseguir réditos económicos y, de paso, quedar bien con todos. Chequen las campañas de Backus e Inka Kola si no.

Si bien nunca tendremos nada en común con los aborígenes de la selva o los nativos del ande eso no significa que sus causas sean ajenas a la empatía connacional. No deberíamos dejarnos vender el cuento de la identidad peruana como un plato de comida o un equipo medallista.

Si desapareciera Machu Picchu el Perú todavía existirá mientras haya un peruano, para bien o mal. Hasta que un guachimán, Juan Diego Flores y un shipiba no se den cuenta que no un DNI o un pasaporte los une, esto no es un país, es un pueblo joven en Sudamérica.

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