Varias Posiciones

El Discreto Desencanto de la Burguesía

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“Crimes And Misdemeanors” y los ojos de dios que todo lo ven y todo lo juzgan en una sociedad miope

Para cerrar la década de los ochentas, Woody Allen le echó mano a una de sus mayores influencias: la literatura rusa. Desde su periodo de comediante escatológico ya había demostrado su fascinación por Tolstoi y Dostoyevsky en Love And Death, pero no es sino hasta Crimes And Misdemeanors que las implicancias morales planteadas por estos autores no cobrarían la relevancia tremendista que éste filme resuelve.

La historia gira en torno a dos hombres en paralelo que nunca se cruzan sino hasta el final: Judah Rosenthal –Martin Landau en su rol más celebrado hasta Ed Wood– es un oftalmólogo exitoso que lo ha logrado todo en la vida excepto conciliar su amorío con la mercurial Dolores –Anjelica Houston en un papel similar al de la Johansson en Match Point, su obra hermana- y el desencanto de su matrimonio. Cuando sus transgresiones ponen en riesgo su estatus, Judah acude a su mundano y pragmático hermano en busca de una solución definitiva que le causará sólo incertidumbre y lo aproximará a las reflexiones religiosas del judaísmo que rechazó de joven.

Woody Allen, por su lado, es Cliff Stern, un director de cine cuyo idealismo desencaja en un círculo profesional hambriento de éxito en el cual destaca su cuñado Lester –gigantesco Alan Alda como el epítome del narcisismo. Cuando se le encomienda la humillante tarea de filmar un documental complaciente sobre Lester, Cliff, que trata de zafarse de su matrimonio ya caduco, encuentra en Halley –Mia Farrow en automático- una posibilidad de felicidad y realización, una inspiración que lo motiva a continuar y un espíritu gemelo que aprecia su visión del mundo.

El mundo que plantea aquí Allen es uno donde Dios es un concepto omnisciente que permite la maldad suceder sin el menor de los castigos y que parece ensañarse con los solitarios, los necesitados y los justos como en el caso del probo rabino Ben quien queda paradójicamente ciego o la angustiada hermana de Cliff a quien sodomizan del peor de los modos.

Pero en esa supuesta injusticia es en donde radica la verosimilitud en la propuesta del neoyorkino y en el flagelo posterior del remordimiento y las consecuencias de decisiones tomadas. ¿Puede alguien continuar su vida tras haber cometido la peor de las faltas? En el diálogo final entre Cliff y Judah tratan de responderse ello, mientras que Woody Allen todavía lo sigue cuestionando en Match Point y Cassandra’s Dream, quince años después.

Lo bueno: las lecciones del trágico y crucial profesor Levy son absolutamente fundamentales. Además la escena de discusión sobre Dios en la mesa es objeto de constante estudio.

Lo malo: sin ser la obra más densa de Allen, requiere constantes repeticiones para apreciarla en toda su capacidad e influencia.

“Cassandra’s Dream” y los valores familiares en la sociedad moderna, ambiciosa y amoral

Woody Allen es un artista prolífico e inagotable cuyo registro es impresionante hoy más que nunca: un filme cada año, turnándose entre la comedia frecuente y el drama ocasional. Pero cantidad no es calidad y en la década que pasó hay más decepciones y bodrios que obras maestras producidas.

El filme es el relato de ambición, arribismo y hambre de realización de dos hermanos consumidos por su mediocridad, vicios, limitaciones y sueños imposibles. Colin Farrell –superior y, de lejos, el más completo del reparto- y Ewan McGregor –cumplidor, pero corto de recursos- compran un bote como piedra angular de su escalera hacia el éxito esquivo. Lo llaman ‘el Sueño de Casandra’ y sellan su destino.

Pero ellos no pueden salir a flote por sí solos, sus debilidades les juegan en contra, por lo que recurren a su tío Howard como guía y financista de sus sueños –Tom Wilkinson en su rol de svengali y cúmulo amoral- quien les ofrecerá un pacto de sangre. Y es que la historia es sobre precisamente eso, el lazo familiar en una situación límite.

El único personaje no atormentado es el padre de los hermanos quien vive cómodo con su lucha diaria por proveer a su familia bajo sus modestas aspiraciones. Y es él quien recita con ominosa sabiduría “la única nave con certeza de venir tiene velas negras” cuando sus hijos deciden comprar su bote o ticket hacia el éxito. Por el contrario, Howard representa el lado opuesto e increpa a sus sobrinos sus valores: “¡Familia es familia! ¡Sangre es sangre! No haces preguntas. Proteges a los tuyos” sin medir las consecuencias o las decisiones irreversibles que acarrea ésta clase de amor.

El resultado final de la película es sobrio y anticlimático, propio de un artista señero y crepuscular. Gracias a un guión filoso, unos actores inspirados y una banda sonora apropiada por el atmosférico Philip Glass, Cassandra’s Dream enmarca la visión de un Woody Allen ya no tan comediante sino amargo e implacable en su reflexión acerca de la condición humana en su más esencial nivel.

Lo bueno: la escena entre Farrell y McGregor discutiendo la mejor manera de asesinar a alguien tiene la delicia del noir y la comedia negra.

Lo malo: la falta de resolución en los personajes le resta tremendismo a sus historias.